Habitante de la gran manzana. Juan Carlos Andrews es un destacado ingeniero en electrónica egresado de la UNAM. Su tesis profesional, Análisis Acústico del Auditorio Javier Barros Sierra, sentó nuevos precedentes en acondicionamiento sonoro y equipo de la máxima casa de estudios.

Interdisciplinario. Al atender la invitación de una amiga productora de teatro, a los 21 años Juan Carlos entró al personal técnico de la primera puesta en escena de La Bella y la Bestia, megaproducción de OCESA montada en México a mitad de los años noventa.


Con tablas. Fue en el teatro musical donde Juan Carlos conoció, por medio del experto en sonido en vivo Luis Lojo, la microfonía especializada, las consolas de orquesta y los efectos especiales. Así, nuestro entrevistado subió rápido: de operar efectos de sonido en La Bella y la Bestia pasó a ingeniero en jefe de Rent y al diseño de audio en El Hombre de la Mancha.

 
 

Altruista. Juan Carlos ha sido voluntario de la SYDA Foundation, organización sin fines de lucro que promueve eventos educativos, en vivo y transmisiones en 150 ciudades del mundo. Desde el 2002 fue jefe de ingeniería de sonido con giras en los Estados Unidos, Asia y Europa; finalmente, adoptó Nueva York como su lugar de residencia y volvió a encontrarse con Luis Lojo, quien lo invitó al Jazz at Lincoln Center, donde hoy colabora exitosamente como ingeniero de audio en Dizzy’s Club Coca Cola desde hace cuatro años. En un encuentro durante la más reciente convención de Audio Engineering Society, justamente en Nueva York, este mexicano nos muestra los entretelones de esta institución del jazz, y de cómo ha trabajado para llegar al lugar que hoy ocupa.


¿Cómo te ayudaron las temporadas de teatro musical al inicio de tu carrera? ¿Qué tan importante fueron para lo que eres actualmente?
“Creo que me formó mucho en cuanto a la interacción. Al fin y al cabo, la cuestión técnica, la aprendes en un día, en 50 o en 10 meses, pero las relaciones humanas son lo más importante”.

Háblanos un poco más de esto. ¿Cómo ofreces tus servicios?

“Tan peleado está el asunto, que por un lado están los músicos y por otro los ingenieros. La razón por la que el ingeniero está ahí es para apoyar al artista. Yo creo (y esto no ocurre nada más en el mundo del entretenimiento), que uno escoge las lecciones y elige qué aprender de cada quién; a quién considera su maestro. Y realmente depende del carácter individual seleccionar lo mejor de cada quien y forjarlo como tuyo”.

“Te vuelves tú cuando escoges cosas de los demás, las haces únicas y sales adelante con ellas. Yo escojo las cualidades que he aprendido de la gente con la que interactúo. No te vayas tan lejos: incluso con los meseros. En serio: cuando ves la dedicación con la que alguien hace su trabajo, la cosa cambia. Ves el trato que le da el manager del club a los músicos, observas y decides cómo serás. Te das cuenta de que si tú eres amable, la gente te responde igual. Las primeras impresiones son lo más importante del mundo y cómo transfieres esa información a lo tuyo”.

Cuéntanos del Jazz at Lincoln Center. ¿Qué encontraste? ¿Cuál es su nivel y cuál es tu labor ahí?
“Hace 25 años, la institución era un departamento del Lincoln Center que empezaron cinco personas: Wynton Marsalis y cuatro más”. Es por Wynton que existe este sitio. Es un hombre con una gran visión, que da su vida entera por el jazz. A través de él se logran recabar fondos para crear una organización independiente al centro, donde hay un staff profesional dedicado a la mercadotecnia, presentación de eventos, donativos para expandir el jazz. Recientemente las instalaciones acaban de cumplir siete años de inauguradas”.

Se construyeron varios foros, ¿no es así?
“El despacho de Rafael Viñoly planeó el espacio. Está el Frederick P. Rose Hall, una sala para 1,200 personas diseñada al estilo teatro italiano. Tiene techos que pueden subir o bajar. Súper funcional y totalmente aislado acústicamente del resto del edificio. Ahí tocan orquestas en conciertos de jazz y transmisiones de audio y video. Ahí ha tocado la Jazz at Lincoln Center Orchestra con música compuesta por Wynton Marsalis y diferentes invitados”.

 

“Otros escenarios que existen son el Allen Room, para 483 personas, con una vista perfecta de Central Park. También está el Atrium, que es para eventos, comidas o intermedios, con mucho espacio abierto, y el Dizzy´s Club Coca-Cola, que es el que yo sonorizo. Ahí caben 140 personas, con un ambiente muy íntimo y también con una increíble vista de Central Park. Es un quinto piso, con el parque y la Quinta Avenida del otro lado. Ahí se presenta música en vivo los siete días de la semana. Jazz y más jazz. Tres bandas diferentes cada semana, con dos sets por noche. La mayoría de los viernes y sábados son tres conciertos. Y luego, un after hours; ese ya en acústico. Es un espacio elegante, donde siempre te toca oir música fresca; diferente”.

¿Son todos los recintos?
“Hay uno más, de educación: el Irene Diamond Education Center, que tiene dos espacios relativamente pequeños y uno más amplio, que es el Agnes Varis and Karl Leitchman Recording Studio. El despacho Walters-Storyk hizo el estudio de grabación, una sala con páneles móviles; está operado por la empresa Sirius XM”.


La última pregunta: ¿te falta gente capacitada aquí? O quizá hasta las encuentres debajo de las piedras.
“Muchas veces vemos que el pasto más verde es del vecino, pero honestamente, creo que la historia de los Estados Unidos, tanto en capital como en movimiento tecnológico, no podemos negarla. En México nos llegaron las cosas de segunda o tercera mano, 10 o 15 años después. Ahora están llegando, pero lo que se necesita es una recepción más rápida para tomarlas. Hay esfuerzos que cambian y mejoran. Si hay alguien que esté realmente comprometido en que las cosas se hagan a la perfección, se harán”.


Tras la última pregunta, nos despedimos de Juan Carlos Andrews, deseando que continúe con su trabajo en este recinto tan importante para el jazz en el mundo, que a fuerza de trabajo, cuenta entre sus filas con este mexicano, con su objetivo bien puesto: escuchar para servir.

Redacción: Víctor Baldovinos