Por Alonso Arreola / Redes: @Escribajista
Conversamos con el bajista Hadrien Feraud minutos antes de que subiera al escenario del Lunario (a un costado del Auditorio Nacional en la Ciudad de México) para acompañar a la pianista japonesa Hiromi, extraordinaria en el mundo de la improvisación. Es jueves 30 de abril, Día del Niño y también Día Internacional del Jazz por acuerdo de la UNESCO. Estamos tras bambalinas, frente a camerinos. Apenas se enciende la grabadora, lo primero que pregunta el parisino es si el festival Ollin Kan sigue llevándose a cabo. Sorprendidos, le decimos que no. Su última edición fue en 2018. Nos dice que siendo muy joven lo visitó en varias ocasiones, tocando con un grupo africano avecindado en Francia. Notamos el gusto que le da regresar a México.
Lo que sigue es muestra de su sensibilidad, visión crítica e integridad artística. Una confirmación de que el nivel de la música con la que se involucra —así como el de la interpretación que consigue en noches como esta— va de la mano con su notable inteligencia; con el compromiso ante la profesión que decidió abrazar y respetar en tiempos extraños.
Alonso Arreola (AA): Hadrien, gracias por tu tiempo. Aunque llevo muchos años siguiendo tu trabajo, quisiera empezar por el presente y, en particular, por “2006”, tu lanzamiento más reciente. ¿Hace referencia a tu primer álbum? Porque coincide con los veinte años de aquel lanzamiento homónimo.
Hadrien Feraud (HF): Es curioso, porque mucha gente ha pensado eso, pero en realidad no tiene relación con mi primer disco. Lo cierto es que se refiere a 2006, un periodo que recuerdo con enorme cariño. Fue una etapa de mucha felicidad. Conocí a dos personas que siguen siendo de mis mejores amigos hasta hoy y con quienes compartí una cantidad increíble de experiencias, siempre alrededor de la música.
AA: ¿También son músicos?
HF: Sí. Uno es Michael Lecoq, un pianista extraordinario, y el otro es Frédéric López, baterista. Los dos son franceses. Pasamos muchísimo tiempo juntos, viajando, tocando y viviendo aventuras. Fue un año bastante intenso. Yo tenía unos 22 años y muchas cosas importantes estaban ocurriendo al mismo tiempo.
AA: ¿Ellos participan en la grabación?
HF: No directamente. Lo que sí se escucha son algunas conversaciones y bromas privadas entre nosotros. Son pequeños guiños que decidí dejar dentro de la pieza. Con el tiempo, “2006” se convirtió en una especie de código entre nosotros. Cuando queremos evocar esa energía o ese espíritu, decimos simplemente: “2006 vibes”.

AA: También fue una época importante porque comenzabas a abrirte paso internacionalmente.
HF: Exactamente. Fue el año en que empecé a ser más visible dentro del mundo del bajo eléctrico. Además, estaba tocando con John McLaughlin, algo que cambió muchas cosas en mi vida. Era joven, tenía menos preocupaciones y simplemente vivía el momento. Había una sensación de libertad que hoy recuerdo con mucho afecto.
AA: Mencionas a John McLaughlin. Estamos hablando de una figura fundamental de la música contemporánea. Fue alguien que habló públicamente de tu talento cuando todavía eras muy joven. ¿Cómo recuerdas esa etapa?
HF: Con sentimientos encontrados. Cuando escucho grabaciones de aquella época, a veces me sorprendo para bien y otras veces soy bastante crítico conmigo mismo. Durante años pensé que tal vez sólo tenía técnica, pero no la madurez musical necesaria. Sin embargo, cuando vuelvo a escuchar algunas cosas, descubro que había más música de la que yo mismo recordaba.
AA: McLaughlin llegó a compararte con Jaco Pastorius.
HF: Sí, aunque siempre me pareció una comparación muy generosa. Incluso algo incómoda. No creo que exista un “nuevo Jaco”. Jaco fue un fenómeno único. Los periodistas suelen necesitar referencias para explicar a un músico nuevo, pero para mí nadie ha tenido el impacto que tuvo él.
AA: Sin embargo, existe una tradición que viene de Jaco y que continúa en varias generaciones de bajistas.
HF: Claro. Gracias a él aparecieron músicos como Dominique Di Piazza, Matthew Garrison y muchos otros. Todos aprendimos algo de esa herencia. Lo importante no es copiarlo, sino comprender qué hizo realmente. Mucha gente se quedó con el aspecto técnico, pero Jaco era mucho más que velocidad o virtuosismo. Había una profundidad musical enorme en su manera de tocar.
AA: Algo que suele aparecer cuando se habla de ti es precisamente la búsqueda de una voz propia.
HF: Ese es el objetivo principal. Al final, todos formamos parte de una tradición, y eso es algo hermoso. Alguien tiene que mantener viva esa llama. Lo importante es hacerlo desde una identidad personal, no desde la imitación. Hay elementos del lenguaje de Jaco que vale la pena preservar, pero siempre intentando llevarlos hacia otro lugar.
AA: Hablando de herencias musicales, quisiera abordar otro tema. Vivimos una época dominada por videos cortos, redes sociales y demostraciones de velocidad casi acrobática. Muchas veces parece que la música queda reducida a quince segundos de exhibición técnica. Tú eres alguien que posee esa capacidad técnica, pero da la impresión de que la utilizas sólo cuando sirve a la música. ¿Cómo ves ese fenómeno?
HF: Es un tema complicado. Hay cosas que podemos aprender de las generaciones más jóvenes y también aspectos que resultan confusos para quienes crecimos en otra época. Nosotros venimos de un tiempo en el que había que demostrar que realmente podías tocar. La pregunta era: “¿Puedes hacerlo en vivo? ¿Puedes hacerlo hoy, aquí y ahora?”. Eso era lo que validaba a un músico. Hoy parece que eso ya no es tan importante. Lo que se celebra muchas veces es otra cosa. Durante años me frustró bastante. Veía cómo ciertos contenidos obtenían una atención enorme y pensaba: “¿En serio?”. Pero con el tiempo entendí que el mundo cambió. Ahora, de vez en cuando, también juego ese juego y publico videos cortos. La diferencia es que intento hacerlo desde la música.

AA: Yo también trabajo con muchos estudiantes jóvenes y suelo decirles que el problema no es la herramienta. Las redes son sólo un vehículo. Todo depende de cómo se utilicen.
HF: Exactamente. Hay una parte positiva: ahora cualquiera puede mostrar lo que sabe hacer. El problema es que muchas veces la dimensión musical queda relegada. Lo que se premia es el impacto inmediato. Además, hay algo curioso. Muchas de las cosas que hoy parecen novedosas fueron desarrolladas hace décadas. Músicos como Jaco Pastorius, Gary Willis o muchos otros ya exploraban esos recursos hace cuarenta o cincuenta años. Pero las nuevas generaciones a menudo desconocen esa historia, así que ciertas ideas reaparecen como si fueran completamente nuevas.
AA: También existe una diferencia entre impresionar y comunicar.
HF: Totalmente. Para mí, la técnica siempre fue una herramienta al servicio de la música. Hoy, en muchos casos, parece ocurrir lo contrario. A veces veo músicos extremadamente virtuosos, capaces de tocar frases muy rápidas, pero siento que falta algo esencial: intención musical. Escucho una sucesión de recursos, de patrones, de efectos, pero no necesariamente una idea. Es como comida rápida: funciona, llama la atención, genera consumo inmediato, pero rara vez deja algo duradero.
AA: También está el tema de los seguidores y la construcción artificial de la popularidad.
HF: Sí, y es un secreto a voces. Muchos artistas compran seguidores o utilizan mecanismos para inflar su presencia digital. Lo preocupante es que la industria suele recompensar esas cifras. Festivales, patrocinadores y agencias observan números antes que contenido. Lo más extraño es que algunas personas terminan creyéndose esa ficción. Empiezan a comportarse como grandes celebridades porque tienen cientos de miles de seguidores, aunque la interacción real sea mínima.
AA: Y sin embargo las cifras no sustituyen el trabajo artístico.
HF: Exactamente. Puedes comprar seguidores. Puedes llevar una cuenta a un millón de personas. Pero tarde o temprano tienes que tocar. Tienes que subir a un escenario. Tienes que demostrar quién eres realmente. Por eso nunca he querido entrar en ese juego. Ya es suficientemente difícil lidiar con las inseguridades naturales de cualquier artista. Si además supieras que tu éxito está construido sobre una mentira, ¿cómo podrías mirarte al espejo?
AA: Lo interesante es que esta discusión no tiene que ver con nostalgia. No se trata de decir que antes todo era mejor.
HF: No, para nada. Se trata de pensamiento crítico. Hay músicos jóvenes extraordinarios. Lo importante es preguntarse qué queremos construir. Si la meta es convertirse en artista, entonces hace falta algo más que visibilidad. La música no surge únicamente del instrumento. Surge de la vida. De los viajes, las lecturas, las conversaciones, la arquitectura, la comida, las personas que conoces. Todo eso alimenta tu visión del mundo y termina reflejándose en tu arte. Cuando alguien intenta saltarse todos esos procesos para llegar directamente al resultado, puede conseguir atención rápida, pero está renunciando a una parte fundamental de su desarrollo.
AA: En otras palabras, la experiencia de vida también forma parte de la técnica.
HF: Exactamente. Intentar tomar atajos en el arte se parece mucho a intentar tomar atajos en cualquier otro aspecto de la vida. Tarde o temprano la realidad te alcanza. Por eso creo que la integridad sigue siendo importante. No puedes controlar las modas ni las tendencias. No puedes cambiar cómo funcionan las redes sociales. Lo único que puedes controlar es tu trabajo y la honestidad con la que lo haces. Durante años me molestó ver cómo ciertas cosas recibían más atención que otras. Después entendí que no tenía sentido vivir frustrado. Lo único que puedo hacer es seguir tocando, seguir aprendiendo y mantenerme fiel a lo que considero valioso. Porque al final, la integridad sigue siendo una elección personal.
*Alonso Arreola / Músico, maestro y escritor con siete discos a su nombre y otros en colaboración con 3 Below, Arreola + Carballo, La Barranca o Monocordio, ha montado proyectos escénicos en quince países. Cuenta cientos de publicaciones en revistas, periódicos y portales a propósito de música, cine o gastronomía, así como un libro llamado Relamparia. Ha hecho espectáculos con autores como Michel Houellebecq y Agustín Fernández Mallo. Desde hace veinte años tiene un laboratorio bajístico (LabA) y desde hace veinticinco una columna en el periódico La Jornada. Lanzó la guitarra Curandera al lado del artista español Alejandro Sanz.



