Después de atravesar una crisis que los llevó a deshebrar el camino que solían andar juntos, Chalo y Gera Galván, Bruno Bressa y Alejandro Gulmar decidieron que lo mejor que podían hacer era mantenerse unidos bajo el nombre de Volován, con la música como guía. Ayudado de bríos renovados, el cuarteto se reunió con el productor Mauricio Garza en Recording City, en Monterrey, para grabar su álbum más reciente: Sin aliento, una docena de temas emblemáticos en la historia del rock interpretado en español que, explica Chalo, se encuentra lejos de lucir como una calca: “no hemos hecho un disco de covers, sino de reinterpretaciones muy diferentes de las originales. Finalmente se trata de canciones de culto a las que tuvimos que respetar, pero esto no evitó que las reconstruyéramos”.

 
 
Gera advierte que él y sus colegas suspiraron aliviados al escuchar los resultados obtenidos por el productor, “porque es un sonido que llevábamos tiempo buscando y que vinimos a encontrar con alguien que estaba tan cerca de nosotros; es decir, en la misma cuidad. Previamente trabajamos con gente que nos cobró mucho dinero pero descubrimos que lo más importante son las ganas que le metas. Cuando llegó la primera masterización de Sin aliento estábamos como locos, muy felices con el resultado”. Bruno ahonda al respecto: “Mauricio es un psicólogo dentro del estudio. Sabe leer lo que buscas sin darte por tu lado ni imponer; se adapta, aporta y entonces llega la magia”. El baterista advierte que Mauricio —encargado, además de la producción, de la mezcla del álbum— “es un productor muy musical. Cuenta con ingredientes que no cualquiera, pues también es músico y sabe dirigir”.
Por su parte, el cantante explica que “grabar voces es muy complicado; requiere conectarse con la sensibilidad de los temas y tener paciencia para encontrar el sonido apropiado, tener tacto para conseguir el objetivo. Mauricio realizó una producción con carácter, y eso nos gustó”. Respecto a cuál fue el micrófono ideal para registrar su voz, Chalo abunda: “el ideal para mí es el Manley Gold Reference, porque con él mi voz brilla increíble. Mi tesitura funciona con muchos otros micrófonos, pero la magia tuvo lugar cuando canté con el Manley”. Para el también guitarrista la clave está en saber rodearse de la gente apropiada en el estudio de grabación, para “encontrar los sonidos y los ángulos apropiados; incluso es determinante cómo se acomoda el micrófono en la cabina. Por ejemplo, Mauricio es muy quisquilloso en ese sentido. De repente yo estaba cantando y él decía que algo no le gustaba, entonces entraba su asistente y movía un tapete, quitaba algunos fierros y ya, listo. Todo sonaba de maravilla. Detalles así determinan el sonido de un disco, sus texturas. Yo me adapté a lo que él me pedía, pero también hubo una comunicación que no necesariamente fue verbal; él, con ver mi cara entendía mi estado de ánimo, por eso le confié ciertas decisiones”.

Tarea sin límites
“Regularmente los productores estiran al cantante hasta donde les es posible —continúa Chalo—  y es entonces que vienen ciertos roces. En determinado momento yo sentía que ya tenía las tomas, pero Mauricio, como buen productor, me pedía más, aunque yo estaba cansado. Molesto y todo lo hacía pero en algún punto salí de la cabina para preguntarle qué le faltaba, qué quería de mí, porque yo estaba seguro de que ya había terminado. Incluso su asistente me miraba con cara de estar de acuerdo conmigo”. Es Alejandro quien debate el punto: “pero sí le faltaba algo a la voz. Mauricio tenía  razón”; Pero bueno, a eso nos dedicamos, ¿no? Había que darle”.

Cabe destacar que, pese a tratarse de un disco grabado digitalmente, Sin aliento posee detalles de producción que lo hermanan con la vieja escuela, pues todos los delays fueron hechos con máquinas; no hay plug ins, sino filtros análogos que, además, fueron enriquecidos con el uso de micrófonos de bulbos.  Así que se trata de un álbum que busca un equilibrio entre los mundos digitales y analógicos. Respaldado por la obsesión de Mauricio Garza por los amplificadores de bulbos, el cuarteto contó con varios Vox AC 30, debido a que, el productor asegura, ninguno suena igual que otro: “Antes de entrar a grabar guitarras se desarmaron todos los amplificadores y se compraron capacitores, bulbos y demás; sin embargo, una vez que se terminaron de grabar las guitarras todos los bulbos estaban fritos”.  

El álbum se grabó en alta resolución, en 24 bits, un detalle que genera complicaciones una vez que se tienen muchos tracks y, además, no sólo hay un micrófono por cada línea. Bruno Bressa recuerda que al grabar su tarola se llegaron a colocar tres micrófonos al mismo tiempo y para la batería cuatro. Esto se tradujo en sesiones muy pesadas que a la hora de la mezcla trajeron consigo una “pequeña pesadilla”, como asegura el productor.  
Es Gera Galván quien coloca los puntos finales respecto a la experiencia que significó hacer un disco de reversiones: “el proceso fue de lo más íntimo. Experimentamos mucho y finalmente encontramos el sonido que define a Volován actualmente. Dimos justo en el blanco con el set que armamos de grabación, desde batería, voces, percusiones, bajo y guitarra. En el estudio había carritos (pedales de guitarra) y juguetes de todo tipo, más los del grupo, así que armamos una dotación perfecta de amplificadores y micrófonos. Somos un grupo al que no le gusta complicarse tanto —puntualiza Alejandro Gulmar—, por eso hemos entrado a una etapa en la que buscamos soluciones. Lo difícil es encontrar la dinámica correcta, conseguir sonar auténticos, pero creemos que esta vez lo hemos conseguido”.