En su libro “Descubriendo MIDI”, de 1991, el ingeniero José “Chilitos” Valenzuela muestra una foto titulada “Estudio MIDI”, en la que se pueden identificar –además de la mezcladora, computadoras y racks con procesadores–, un conjunto de hasta siete sintetizadores (aunque, tal vez, alguno sea un piano electrónico). Un estudio actual con las mismas prestaciones y posibilidades seguramente no tendría tantos teclados –tal vez un teclado controlador de 88 teclas y posiblemente algún sintetizador de la época previa al MIDI–, puesto que los sintetizadores y samplers en versión de software han llegado a sustituir a sus equivalentes físicos.

El primer paso hacia la desmaterialización en los instrumentos musicales se dio con la presentación del protocolo MIDI en 1983.

Avances que cuidan el ambiente

Si bien algunos tipos de tecnología han producido colateralmente gran contaminación y explotación excesiva de recursos naturales, los avances en ciencia y tecnología también han brindado alternativas para enfrentar dichos problemas ambientales, tal como se observa en la desmaterialización encabezada por los dispositivos digitales. Tomo el libro electrónico como ejemplo. Aunque muchos lectores se niegan a abandonar los libros físicos –aludiendo a la experiencia táctil y olfativa que les da su lectura–, es innegable que los libros electrónicos están salvando a muchos árboles de ser talados. A pesar de lo que se pensaba, los libros digitales no han desplazado a sus similares físicos, pero si nos interesa el ambiente y la naturaleza –como a menudo nos gusta publicar en las redes sociales–, deberíamos hacer este cambio para hacer descender los requerimientos de papel a nivel mundial. Por otro lado, el psicólogo Steven Pinker, en su obra “En defensa de la Ilustración”, nos muestra cómo los teléfonos celulares han disminuido la cantidad de muchos dispositivos y aparatos que en su proceso de producción demandan materiales de la Tierra y provocan contaminación:   

Pensemos en el plástico, el metal y el papel que ya no se emplean en los cuarenta y tantos productos de consumo que pueden ser reemplazados por un solo smartphone, entre los que se incluyen el teléfono, el contestador, la guía telefónica, la cámara, la videocámara, la grabadora, la radio, el despertador, la calculadora, el diccionario, la agenda giratoria, el calendario, los mapas de carreteras, la linterna, el fax y la brújula; incluso un metrónomo de exterior y un nivel. (Pinker, 2019).

Para los jóvenes que me leen, quiero compartirles que hace aproximadamente treinta años, comprar un programa “pesado”, como Office, era recibir un paquete de alrededor de cincuenta diskettes de 3.5 pulgadas. Después, estos programas se ofrecieron en CD-ROM y más adelante en DVD. Ya más cercanos al presente –hace como siete años–, recuerdo haber adquirido un programa en una tienda física y recibir una caja muy bellamente diseñada, pero prácticamente vacía, con únicamente una tarjeta de cartón con el enlace del sitio de descarga y la contraseña de activación impreso en la misma. Todo ese gasto de papel y cartón ya no es necesario, porque al realizar toda la compra en sitios de internet se evita la necesidad de un soporte físico. Esta desmaterialización se manifiesta así como una amiga del ambiente y de nuestro planeta.

Hace aproximadamente treinta años, comprar un programa como Office, era recibir un paquete de alrededor de cincuenta diskettes de 3.5 pulgadas.

La adaptación a nuevos formatos

Tal como desapareció el formato físico y se dio en el software, el mismo proceso se presentó en los videojuegos, las películas y series, y, por supuesto, en la música grabada. Los discos compactos redujeron mucho las cantidades de materia y volumen con respecto a los discos de vinilo, disminución que es todavía mayor en los archivos de audio –aún en formatos no comprimidos–. Pero ya ni siquiera es necesario guardar los archivos, ya que con las plataformas de música en streaming, el material se ha reducido a nada.

Sin embargo, al igual que los lectores que se niegan a probar los libros electrónicos, muchos audiófilos siguen anteponiendo la experiencia de tener el acetato, contemplar el arte de la portada y del interior, extraer la hoja con la letra de las canciones y tener la escucha completa de cada una de las caras del disco –en oposición a la escucha fragmentada de la obra que se obtiene cuando se descarga o se transmite un sólo track del álbum–. Puede que tengan razón, pero un elemento que aquí también juega un papel importante es el coleccionismo, ya que no es lo mismo presumir tus estantes llenos de LPs que sacar tu disco duro con archivos MP3.

En cuanto a la desmaterialización en los instrumentos musicales, el primer paso hacia ello se dio con la presentación del protocolo MIDI en 1983, que permitió que los sintetizadores digitales y los samplers pudieran separar su sección generadora de sonido –con sus osciladores, filtros, envolventes y demás, y sus botones de programación– de la interfaz del intérprete, consistente en el teclado, ruedas de modulación y de pitch bend, pedales y controles adicionales como el joystick, el ribbon controller y los botones de cambio de programa, entre otros. Es así como surgieron instrumentos que constan únicamente de la interfaz de interpretación, por lo que no producen sonido. Estos instrumentos, llamados controladores, no tienen salida de audio, pero sí tienen un puerto MIDI-Out por el que pueden mandar todos los mensajes correspondientes que se producen cuando el músico interpreta en el mismo y hacer sonar así un instrumento con generador de sonido al que lleguen estos mensajes por su puerto MIDI-In.

La contraparte del instrumento controlador es el módulo de sonido (o instrumento en versión de rack o de escritorio), el cual no tiene teclas ni ningún dispositivo de interpretación, pero se puede controlar su sonido a través de mensajes MIDI.

Esta división del sintetizador cambió la apariencia de los estudios porque ya no era necesario apilar un teclado sobre otro y era posible entonces tener un solo teclado controlador –de 88 teclas y con acción similar al piano, si se quiere– y tener los sintetizadores en módulo acomodados ordenadamente en un rack, obteniendo un ahorro de espacio, de dinero y, a nivel global, de materiales plásticos y metálicos.

Una gran ventaja de los instrumentos virtuales es la facilidad de programación y edición gracias a las capacidades gráficas de las computadoras.

Instrumentos virtuales, opción siempre a considerar

De tener un sintetizador en presentación de módulo a recrear el mismo enteramente a través de software, el paso era directo y estaba más que anunciado, aunque también lo propició contar con computadoras cada vez más veloces, potentes y con mayor memoria –a la vez que más pequeñas y económicas–. Es así que llegamos a los instrumentos virtuales: programas que funcionan como sintetizadores o samplers (por supuesto, sin la interfaz de interpretación), y que pueden existir de forma independiente o dentro de una DAW. Algunos de ellos emulan a algún modelo en particular –como el Minimoog Model D, el DX7 de Yamaha, o el Melotrón– pero otros son creados enteramente en el mundo virtual, sin haber existido nunca en forma física –como el Subtractor y el Malstrom, que vienen en la DAW de Reason.

Una gran ventaja de los instrumentos virtuales es la facilidad de programación y edición gracias a las capacidades gráficas de las computadoras que permiten visualizar en pantalla todos los parámetros que conforman el timbre. En cuanto a los samplers virtuales, los usuarios los utilizan poco para grabar sus propias muestras y suelen limitarse a reproducir samples adquiridos de bibliotecas de instrumentos acústicos.

Además de los samplers y sintetizadores, también incluyo dentro de los instrumentos virtuales a las cajas de ritmo y a las representaciones digitales de instrumentos eléctricos, como las que existen del órgano Hammond. En el caso de este órgano, a pesar de que algún instrumento virtual pueda tener una buena emulación del timbre y de la bocina Leslie, podría ocurrir que el intérprete prefiera el instrumento físico debido al mecanismo de acción de su teclado, que permite la repetición de una nota a gran velocidad, lo que difícilmente podrá encontrar en un teclado controlador.

Por supuesto, cada quien decidirá en qué momento es conveniente utilizar el instrumento físico o su representación en software, pero lo que sí se podrá decir es que elegir el instrumento virtual nos hará usar una tecnología que es amigable con el ambiente.

*Licenciado en órgano por la Facultad de Música de la UNAM y profesor del Conservatorio de Música del Estado de México. Después de ser tecladista del grupo de rock Iconoclasta, en 2009 funda su agrupación GOVEA, con quien ha producido dos discos compactos y un DVD. Ha compuesto obras para orquesta de cámara, cuarteto de cuerdas, orquesta Big Band y su pieza “Subliminal” (para cello y electrónica) fue grabada en 2019 por Jeffrey Zeigler (ex-integrante del Kronos Quartet). Escribe sobre análisis y apreciación del rock progresivo en su blog www.salvadorgovea.com