Con estudios de guitarra en la Escuela Superior de Música (ESM) y líder del proyecto Dantor (ensamble junto a Daniel Vadillo (piano), Hiram Griss (batería), Aarón Cruz (bajo) e Israel Torres (violín), donde también han colaborado Hernán Hecht, Raúl Vizzi, Reiner Toledo, Emmanuel “Chopis” Cisneros, Diego Franco, Iraida Noriega y Álvaro Bitrán (Cuarteto Latinoamericano), Daniel Torres compagina su faceta como músico y compositor con la de musicoterapeuta, especialidad que busca impulsar en nuestro país con el apoyo del Centro de Investigación y Estudios de la Música (CIEM).

Los misterios de la percepción humana

El estreno el año pasado del disco “Sinestesia”, grabado en los estudios El Desierto, en la capital mexicana, permitió abordar la visión creativa y sanadora que Daniel tiene de la música:

“Es un disco con composiciones mías, muy emocional, que captura lo que viví estando fuera del país. Al volver a México lo grabamos en El Desierto, con Daniel Bitrán, que es un gran ingeniero, egresado de Berklee, y estuvieron Hernán Hecht, Aarón Cruz, Reiner Toledo, Diego Franco, Raúl Vizzi y mi hermano Israel Torres, además de Iraida Noriega y Álvaro Bitrán. Es música sobre los procesos que viví mientras estudiaba; un viaje sonoro sensorial que refiere a esa capacidad que tenemos los humanos, en algún punto de nuestro neurodesarrollo, de ver, oler y escuchar y asociar eso a un tipo de timbre”.

Mezclado por Juan Pablo Aispuro en Pitayo Music y masterizado por Andrés Mayo (Argentina): “Es un disco que he llevado más al ámbito escénico y ha sido bien recibido”, señala Daniel. “Hemos tocado en Brasil, Argentina y ahora en México. Los comentarios de la gente al escucharlo son que se siente muy bien porque les parece música honesta”.

Y ahí es donde se liga también su inquietud por la musicoterapia: “Siempre me interesó el ámbito de la neurociencia y la medicina. Me preguntaba si había alguna información sobre la utilización de la música a nivel clínico y encontré diferentes universidades en el mundo que impartían musicoterapia como carrera de grado. Una de ellas, la primera que abrió la licenciatura en Iberoamérica, fue la Universidad del Salvador, en Buenos Aires, en su Facultad de Medicina. Al terminar mi escolaridad en guitarra clásica en México, me fui para allá y estudié seis años de carrera y dos más en posgrados sobre el uso de la musicoterapia en el ámbito hospitalario y la músicoterapia en población con Trastorno de Déficit de Atención (TDA) y Trastorno del Espectro Autista”.

“Como músico me ayudó a entender una composición; a saber qué me está transmitiendo cuando soy el compositor o el intérprete. Soy compositor, tengo mi proyecto que se llama Dantor, y en esta faceta me di cuenta de que la carrera me ayudó mucho a entender la importancia de transmitir mis propias ideas, musicalmente hablando, y entender el proceso emocional que vive un músico como instrumento”.

Estudio y enseñanza

La musicoterapia se enseña como licenciatura en países como Brasil, Uruguay, Argentina y Chile. En México se difunde en nichos no académicos, de carácter privado, y el reto de formalizarla es grande, como expone Daniel:

“La visión es llevarla a la universidad pública y que haya una inserción laboral al terminar, justamente lo que estoy tratando de generar en clínicas y hospitales y con el diplomado en el CIEM. Yo me involucré, primero, por un aspecto altruista de mi personalidad, y luego por el hecho de acompañar procesos complejos en las personas, incluso en mí, de orden emocional. Eso me llevó a estudiar esto y encontrar que la música ayuda a rehabilitar, prevenir y estimular capacidades en las personas. También he llevado la musicoterapia al ámbito psicosocial, por ejemplo, en Tijuana trabajé con migrantes con quienes hice una intervención con personas deportadas que llegaban violentados y a quienes la musicoterapia ayudó a sacarlos del mutismo emocional. Lo que busco es abrir posibilidades de ese tipo en centros de salud”.

“De alta especialidad, existe por ejemplo, el Laboratorio en Neurociencias y Música en Canadá (International Laboratory for BRAin, Music and Sound Research; BRAMS, por sus siglas en inglés), donde se investiga el lenguaje y la música, cuyo director, Robert Zatorre, “es uno de los musicoterapeutas que están investigando el fenómeno de la música a nivel neurológico en el ser humano”, señala Daniel.

Actualmente, hay cinco modelos de musicoterapia avalados por la Federación Mundial de Musicoterapia para su estudio y aplicación: el modelo Clive-Nordoff (sus creadores son Paul Nordoff, compositor americano y pianista, y Clive Robbins), que es musicoterapia activa y es usada en poblaciones infantiles por terapeutas haciendo música guiando al paciente de manera motriz. El GYM (Imaginería Guiada y Música), musicoterapia receptiva creada por Helen L. Bonny; también se encuentra el modelo Benenzon, la musicoterapia analítica, más enfocada al psicoanálisis de lo que pasa en el paciente, y el de Michael Tauth o musicoterapia neurológica.

Aplicaciones

Para estar claros, entonces, se habla de musicoterapia “cuando hay un musicoterapeuta calificado guiando un proceso donde la música es un medio para llegar a desarrollar funciones, rehabilitar capacidades o prevenir. Un ejemplo es mi trabajo con pacientes con alguna neuropatología o afección que imposibilita el habla, pero el paciente puede decirte lo que quiere cantando y, al usar técnicas específicas de musicoterapia, se puede rehabilitar la función del lenguaje. Es decir, a nivel médico, es el entendimiento de la música más allá. Otro tipo de población donde se aplica es en la gente con Alzheimer, a quienes, con ayuda de una historia sonoro musical, se descubre que escuchaban la música del llamado Cine de Oro mexicano, y ayudaban a recordar, pues la música cubre capacidades mentales que no se pierden en esta memoria”.

“Por otro lado”, menciona el musicoterapeuta, “en grupos vulnerables se busca una cuestión de reconocimiento y de generación de un espacio que se ha perdido mucho en nuestras sociedades para hacer música en grupo. Hacerlo juntos y escucharnos, entonces lo que hago con estas poblaciones es propiciar una posibilidad, un espacio climático que les genere placer; yo con mi guitarra abierta, adaptada, la pongo en un afinación y acorde, y sobre eso empiezo a generar una vocalización y una melodía que ellos pueden imitar, y poco a poco van generando ritmo”.

En cuanto a instrumentos musicales óptimos para esta disciplina, el set promedio para llevar a cabo una sesión de musicoterapia depende del musicoterapeuta y de los objetivos que quiera lograr, así como la población con la que va a trabajar:

“En personas con parálisis cerebral, por ejemplo, la cuestión es tener instrumentos adaptados. También hay apps que mediante computadoras posibilitan al paciente con esta situación, con lo que el movimiento que haga, suena. Sin embargo, los instrumentos más usados son piano, guitarra, tambores. Hay un musicoterapeuta que usa mucho la guitarra con cierta especificación; yo uso afinaciones abiertas en el trabajo de niños con autismo para generar imitación. Esto tiene basamento en el juego, y algo crucial es la vinculación con el terapeuta; eso es lo más importante. Puedes ser un excelente músico, virtuoso, pero no tener la capacidad empática para desarrollar un vínculo con el paciente. Si es musicoterapeuta no es prioridad ser un gran músico, ni generar un planteamiento estético para el paciente, sino descubrir otras cosas más subjetivas”.

Sanar a México

En este momento crucial para el país, que pide sopesar la situación laboral del músico y el psicólogo, así como dar amplitud al mensaje de que, como creadores se es parte también de una escena de la salud que conlleva trabajar dentro de la sociedad no sólo en el ámbito escénico, la misión de Daniel es clara: entender la música como una posibilidad para la rehabilitación.

“Es muy interesante ver que la música no sólo está en los escenarios y la academia, sino también en el ámbito de la salud. La musicoterapia se instala en diversas áreas, como el ámbito psicosocial, para trabajar y prevenir violencia en una comunidad vulnerada; en músicos se pueden resignificar sus capacidades creativas. Mis posgrados están basados en la musicoterapia hospitalaria y niños con autismo, pero también he trabajado en el ámbito psicosocial. Estamos dando una formación en equipo, somos un grupo de profesionales que impartimos la especialidad en el CIEM y estamos en contacto con especialistas de otros países”.

Sin duda un ámbito para ampliar la perspectiva y compartir el poder sanador de la música.

Entrevista: Nizarindani Sopeña / Redacción: Marisol Pacheco