Cultura colaborativa, la mejor forma de ganar

Por Ferrer León*

México tiene una riqueza cultural que no se discute. En cualquier rincón del país puedes escuchar sones jarochos, cumbia, rock underground o prácticamente cualquier estilo, pero detrás de los escenarios, los aplausos y las fotos bonitas en redes, hay una tensión que la mayoría de los músicos conoce muy bien, aunque casi nadie la nombre en voz alta: la envidia y la rivalidad entre los propios colegas.

La hermandad artística que tanto se presume en Instagram existe, sí, pero convive con algo más oscuro. La escena local en muchas ciudades mexicanas carga con un problema viejo: el malestar relacionado al éxito del que está al lado. ¿Por qué el colega que toca en el mismo circuito termina siendo el peor detractor?

La hermandad artística que tanto se presume en redes sociales existe, pero convive con algo más oscuro. La escena local en muchas ciudades mexicanas carga con un problema viejo: el malestar relacionado al éxito del que está al lado.

Las raíces del “cangrejismo” musical

Echarle la culpa solo al ego sería demasiado fácil, aunque en el arte, este suele ser de tamaño considerable. Hay algo más profundo aquí, factores que tienen que ver con la forma como está armado el sistema cultural en México: la ilusión del pastel chico. Los espacios dignos para tocar son escasos, los presupuestos culturales son una broma y el apoyo mediático llega a cuentagotas. Eso genera una mentalidad a la defensiva: si a esa banda le fue bien en el festival, “nos quitó” el lugar a nosotros. El éxito ajeno no se lee como una señal de que la escena está creciendo, sino como una derrota personal.

El síndrome del cangrejo. Todos lo conocemos, aunque no siempre le pongamos ese nombre. Si uno intenta salir de la cubeta, los demás lo jalan. En música eso suena así: “llegaron a ese festival por palancas”, “su música es muy comercial”, “el guitarrista esta desafinado”. Es mucho más cómodo cuestionar el mérito del otro que reconocer el trabajo que le costó llegar ahí.

Poca cultura colaborativa. Muchos músicos se forman solos o en ambientes donde lo que importa es ser el más destacado del grupo, no construir comunidad. No han aprendido que la industria cultural funciona de una manera distinta.

La mayoría entramos a la música por algo genuino: por necesidad de expresión, y esa pasión es mucho más fuerte cuando se comparte que cuando se defiende. Apoyémonos, aunque no haya una recompensa inmediata.

Lo que se rompe cuando la escena se fragmenta

La rivalidad entre músicos no es solo un drama de camerino. Tiene efectos reales: cuando una comunidad musical se dedica más a boicotearse que a aliarse, sencillamente no crece. No nacen colectivos, no hay festivales autogestivos que duren, y frente a promotores o instituciones, la posición es siempre débil. Una escena peleada consigo misma es fácil de explotar.

El ambiente hostil también cobra factura personal. Hay talentos que se retiran, no porque les haya faltado pasión o habilidad, sino porque el desgaste de lidiar con el sabotaje, los rumores y la crítica con mala intención termina siendo más de lo que cualquiera puede aguantar.

Además, hay un efecto paradójico que vale la pena nombrar: cuando los músicos locales se tiran tierra entre sí, el público termina desconfiando de toda la escena. Si los mismos que tocan aquí dicen que todo es malo, ¿por qué ir a un show local, cuando puedes escuchar algo “de verdad”?.

Esto no pasa igual en todos lados. Existen géneros musicales que suelen ser más “celosos” y destructivos que otros, a algunos los une más la identidad o las tradiciones, mientras que a otros, los grupos, el ego, o los temores personales o colectivos, hacen que se adopten actitudes de menosprecio y descalificación hacia otros colegas de la misma comunidad.

Lo que se puede hacer diferente

La envidia en la música mexicana no viene de la nada. Tiene que ver con el miedo a no ser visto y con la precariedad que hace que todo se sienta como un juego de suma cero. Pero si algo debiera poder proponer dinámicas distintas, ese espacio es el arte.

Pasar de la cultura del sabotaje a la de la alianza no es imposible y tampoco es ingenuidad, es supervivencia. Compartir un contacto, recomendar a una banda amiga para abrir un concierto, armar una cooperativa de equipo, celebrar cuando a alguien le va bien, todo eso construye una escena que eventualmente levanta a todos. En ocasiones seremos quienes nos veamos favorecidos por el apoyo de alguien, en el caso de ser productores o ingenieros de grabación, mezcla, masterización y demás (como seguramente ya nos ha sucedido), pero en otras ocasiones seremos a quienes les corresponda apoyar a otros, aunque eso signifique simplemente no hablar mal de los colegas.

No tengo certeza de si las redes sociales han intensificado esta rivalidad, si han ayudado a democratizar las oportunidades o probablemente ambas cosas al mismo tiempo. Lo que sí sé es que la mayoría entramos a la música por algo genuino: por necesidad de expresión, y esa pasión es mucho más fuerte cuando se comparte que cuando se defiende. Apoyémonos, aunque no haya una recompensa inmediata. Esas cosas siempre regresan de donde menos lo esperas y cuando menos lo imaginas.

Es importante reconocer con humildad que nuestros logros en la música casi siempre han sido conseguidos gracias a que, en algún punto de nuestra carrera, alguien o algunos nos apoyaron de alguna u otra manera. Si normalizamos esta conducta comunitaria, aseguraríamos un gran camino profesional para la mayoría de manera potenciada. Irónicamente, dar y compartir no es sinónimo de perder, sino que es una de las mejores maneras de ganar.

*Es productor musical, ingeniero en audio y músico y cuenta con 25 años de trayectoria en diversas áreas de la producción, participando en diferentes proyectos dentro y fuera de México, que abarcan música regional, pop, jazz, rock y orquestas sinfónicas, así como música para empresas y soundtracks. También está a cargo de la producción de audio en la Dirección de Innovación de la Secretaría de Educación Pública. Es miembro votante de los Latin Grammy y cuenta con su propio estudio de grabación, AntenaStudio, en Guadalajara, Jalisco. Pueden encontrarlo en: ferrer@antenastudio.com y www.antenastudio.com