En cuanto a creación y procesamiento de sonidos, parece que a Camilo Froideval le interesa cualquier área: discos, cine, televisión, teatro o publicidad. La música marca los días y las noches de este productor nacido en Argentina hace 38 años, pero habitante de Coyoacán desde hace ocho.

Manager del estudio Topetitud, de Tito Fuentes y Paco Ayala, de Molotov, y cabeza de otro llamado El Changarro Malashunta, Camilo debutó en la industria en su natal Buenos Aires, pero fue en México donde consolidó su ruta como un realizador todo terreno que hace unos meses recibió su primer Latin Grammy al Mejor álbum de rock alternativo, por ser parte del equipo que armó Hombre invisible, de Ely Guerra.

 

Sin embargo, éste no ha sido el único logro para este pianista, compositor de academia e ingeniero autodidacta; en su hoja de vida resaltan álbumes para Molotov, Dirty Karma y Finde, la realización de los scores de cintas como De la infancia y Presunto culpable, la producción de las bandas sonoras de otras películas como Rudo y cursi y Marcelino, pan y vino, además de la musicalización de series como Capadocia, Las Aparicio y Gritos de muerte y libertad. A continuación, Camilo Froideval recorre su historia, señala a personajes clave en su formación y expone su filosofía de trabajo.

¿Qué relevancia le das a tu recientemente obtenido Latin Grammy?
“De alguna manera, ganar un premio como estos siempre es una meta para los que estamos en esto; no digo que lo estemos buscando, pero cuando llega se siente bien. En este caso, la sensación es más fuerte porque el disco de Ely fue una producción independiente que podía haber resultado rara o no tan comercial para algunos. Pero el reconocimiento nos marca que fuimos por el camino correcto, ya que fue un proyecto muy cuidado, muy bien grabado y mezclado. Fue el resultado de trabajar muy duro durante años, de seguir aprendiendo y de seguir una idea más allá de todo. Estamos contentos”.

  ¿Cómo llegaste a México?
“Yo trabajaba en un estudio muy grande en Buenos Aires, llamado Hit & Post, donde hacíamos mucha música para cine y en ese entonces trabajamos Posdata, una miniserie para España, pero de producción mexicana. Esos productores tenían un proyecto con TV Azteca y pensaron en mí para hacer la música. Por otro lado, en esos años me hice amigo de los Molotov y cada vez que iban a Argentina nos veíamos. Cuando llegué a México, no tenía pensado trabajar con ellos ni nada. Yo venía con la televisora para hacer trece películas para televisión durante ocho meses. Iba y venía, pero me hablaron Micky Huidobro y Paco Ayala para que trabajara en sus estudios. En Buenos Aires estaba bien, pero aburrido de estar con la misma gente, y aquí conocí músicos increíbles con los que ahora trabajo, como Felipe Pérez Santiago y Raúl Vizzi. No fue algo premeditado pero me enriqueció mucho”.
¿Qué recuerdas de tu paso por estudios de Argentina?
Recuerdo mucho Hit & Post y a gente como Luis Corallini, un gran maestro. Fue un gran aprendizaje, porque manejaba tres estudios. Lo de ser manager, que es lo que hago ahora en México, lo aprendí en ese estudio: el trato con el cliente, la solución de problemas técnicos y el manejo de consolas grandes, entre otras muchas cosas. Luis me enseñó cosas pesadas a nivel conceptual, fue una gran escuela”.

¿Quiénes son tus referentes en la producción de discos y música para cine?
“En lo musical, no hay otro: George Martin inventó este negocio. No hay más. En cine, hay hitos como Ennio Morricone, que impactó a mi generación, además de Nino Rota o más recientemente Danny Elfman. No soy muy fan de trabajar con grandes orquestas, pero admiro el trabajo de ese tipo de personas”.

 
  ¿Qué productor o ingeniero te ha impactado más?
“En México muchos. Yo aprendí a producir en forma aquí con los cuatro Molotov, que son impresionantes como productores y con quienes pude usar equipo que antes sólo veía en revistas. Con John Gibbe he trabajado mucho y es grande, y Joe Chicarelli me impactó muchísimo cuando mezcló el disco de Ely. Aunque ya hayas hecho muchos discos, Joe impresiona, su musicalidad es increíble. También Robert Carranza o Tony Peluso, que era grandioso y a quien conocí cuando vino a hacer a Bengala. Con Phil Vinall hemos convivido mucho en el estudio; él ya sabe cómo va a sonar, ecualiza y comprime desde el principio, es muy preciso”.

“A todos ellos y a muchos otros más les he aprendido algo, tanto al tipo más importante o al chavo que trabaja en su casa. Hace cinco años, tenía el sonido de todos a los que le aprendía, pero luego empecé a elegir qué cosas me gustaban más y los discos más recientes que he hecho suenan mucho más a mí. La responsabilidad de un ingeniero o productor es empujar un poco siempre, para que las cosas suenen novedosas y no al estándar”.

Aunque no estudiaste ingeniería, ¿metes mano al equipo o delegas esa tarea?
“En Estados Unidos he entrado en estudios donde hay un ingeniero, un productor, un operador de Pro Tools; todo está diferenciado, pero yo vengo de Argentina, donde no hay tantos recursos. Nunca estudié ingeniería, pero meto mano a las máquinas y ha de ser pesado para los ingenieros trabajar con alguien así. Obviamente hay ramas técnicas que no conozco, pero lo más importante es la musicalidad. Es importante saber hacer de todo, confiar en la oreja y sentarse hasta lograr que el sonido sea como uno quiere”.

Además de producir, te gusta seguir tocando. ¿Qué hallas en ambas facetas?
“He tenido algunas bandas, con resultados no muy felices, no tanto por la música, sino por las relaciones personales. En algún momento me aburrí de eso y me clavé más en producir. En Argentina, estuve en Refinado Tom, un grupo que logró cierta fama, pero no me ha sucedido más. Mi lugar era éste, me ha ido mucho mejor que teniendo bandas, así se dio. Ahora toco con Dirty Karma, a veces con Ely Guerra y participo en un grupo que se llama Wapo! Nunca voy a dejar de tocar, pero me encanta producir”.