Hace poco más de treinta años eran aplicaciones completamente lejanas. Por un lado, los secuenciadores en software —basados en el recién inventado protocolo MIDI— iban ganando terreno entre los músicos: en 1985 apareció Performer de Mark of the Unicorn (MOTU), que se convirtió en un importante referente en el ramo, y poco después surgieron competidores como Master Tracks de Passport (1987), Vision de Opcode (1989) y más tarde Cubase, entre varios más que aparecieron para Macintosh y Windows y que ya no puedo recordar. Por otra parte, los programas de grabación digital directa a disco —que también hicieron su entrada triunfal a finales de los ochenta— venían a ser una prometedora alternativa a la grabación en cinta magnética; ejemplos de estos son: Soundstation II, Sound Designer de Digidesign —la compañía que más tarde lanzara ProTools— o los editores de muestras para samplers como Alchemy.

Para borrar confusiones

Acostumbrados como estamos a las llamadas Digital Audio Workstation (DAW), quien no vivió ese cambio tecnológico de los años ochenta no podrá creer que había secuenciadores sin manejo de audio digital o que existían aplicaciones de grabación de audio que no incluían MIDI. Afortunadamente, ocurrió la fusión de ambas categorías de programas y al integrar el audio digital, Vision se transformó en Studio Vision, Performer en Digital Performer y Cubase en Cubase Audio: una unión de tecnologías que hoy damos por sentada y de la que se benefician músicos, ingenieros y productores.

Sin embargo, un usuario que tiene su primer encuentro con una DAW no sabrá reconocer qué tanto de lo que escucha emanar de ella se debe a grabaciones digitales de instrumentos acústicos y qué tanto a los instrumentos virtuales que responden a mensajes MIDI; como a fin de cuentas todo sale mezclado por las mismas bocinas, pareciera que todo el sonido es producido de la misma manera. Esta confusión entre MIDI y audio digital es una de las que más frecuentemente surgen en un aprendiz de la tecnología musical y eliminar dicha duda es el propósito de este artículo.

Para cada cosa, su función

El primer indicio que tenemos de que MIDI y audio digital son entidades diferentes es la comparación del tamaño de un archivo MIDI con el de un archivo de audio. Por ejemplo, si extraigo de un disco compacto el primer minuto de la Sinfonía No. 40 de Mozart obtendré un archivo WAV de 10.09 Megabytes de tamaño, mientras que un archivo MIDI con ese mismo fragmento de la sinfonía tendría menos de 20 Kilobytes (igual a 0.0196 Megabytes), esto es, unas quinientas veces más pequeño que el archivo de audio. Una diferencia enorme de tamaño.

Aunque en varios artículos de esta columna ya se ha hablado al respecto, es necesario recordar el funcionamiento del audio digital y del MIDI. El audio —la señal eléctrica que representa al sonido—entra a la computadora por un micrófono y es digitalizado por la tarjeta o interfaz de audio, las que miden el voltaje de la señal entrante 44,100 veces por segundo. Cuando posteriormente esta grabación se quiere reproducir, la computadora mandará 44,100 números a la salida de audio en cada segundo. En el lenguaje MIDI sólo se requiere que el secuenciador mande un mensaje de note-on y uno de note-off a un instrumento electrónico que esté conectado a la computadora con una interfaz MIDI para que suene una nota cualquiera por un segundo (o por un minuto o por una hora; suponiendo, por supuesto, que es un sonido que tiene “sustain”, como un timbre de aliento o cuerda fortada). Esta diferencia tan radical es porque el MIDI no lleva información del sonido, sino de los mecanismos que se activaron en un piano electrónico (o cualquier otro instrumento MIDI), para producir tal sonido, como pulsar la tecla número 60 —equivalente al do central— presionar el pedal de sustain, oprimir el botón 8 para que suene la celesta en lugar del piano, el movimiento de las ruedas de modulación y de “pitch bend”, entre otros datos que pueden enviar y recibir los dispositivos MIDI.

“¿Pero, cómo es eso de que el MIDI no es sonido, si al cliquear en el botón de “Play” se escuchan notas de diferentes instrumentos salir de las bocinas?”. Esto es algo que me han preguntado muchas veces en mis clases. Es entonces que procedo a contestarles a través de una demostración. Si se abre en el secuenciador un archivo MIDI con la interpretación de la sonata Claro de Luna de Beethoven y seguidamente se reproduce, se podrá disfrutar de una serie de notas con sonido de piano, pero si en el sintetizador —ya sea físico o virtual—que recibe esta información, presionamos los botones para cambiar de patch o programa, escucharemos la misma sonata con sonido de acordeón o de guitarra, o flautas, marimba y hasta se puede llegar a seleccionar un set de batería que produzca un resultado sonoro muy distante del original; esto sucede porque el MIDI solamente indica qué notas del instrumento deben sonar y en qué momento, pero el sonido resultante depende del instrumento MIDI que recibe esa información. Una analogía del secuenciador muy usada es la de la pianola, en la que la información de las teclas que golpearán las cuerdas viene en las perforaciones de un rollo de papel, pero sonará diferente si el instrumento está desafinado o si entre las cuerdas se colocan trozos de papel. Ahora bien, una grabación digital de un piano se puede ecualizar, comprimir o procesar de diferentes maneras, pero no se logrará que suene a marimba, acordeón o tambores.

Otro experimento para demostrar la diferencia entre MIDI y audio digital consiste en reproducir la información a distintas velocidades. De hecho, una forma común de grabar una secuencia MIDI es hacerlo a una velocidad lenta para tener mayor control y menos errores y después reproducirlo a la velocidad real de la pieza. En el audio digital, si se reproducen los datos al doble de velocidad, se cambiará la afinación a la octava superior y la lectura del archivo a la mitad de la velocidad producirá que el sonido baje una octava. Por el contrario, en una secuencia MIDI no variará nunca la afinación como resultado de un cambio en la velocidad de reproducción.

El audio digital puede cortarse, copiarse y pegarse de formas tan flexibles que nunca se imaginaron los que trabajaron la edición con cinta magnética. No obstante, en una pista MIDI se puede llegar a un mayor nivel de detalle en la edición. En una grabación de audio de un arpegio de guitarra en la que una nota haya sido tocada erróneamente, es imposible seleccionarla separadamente y corregirla, porque su sonoridad está mezclada con las restantes notas tocadas: la solución es que se vuelva a grabar ese fragmento. Por el contrario, en una pista MIDI, cada uno de los mensajes de nota que reproduce el instrumento receptor se puede modificar en altura, posición de inicio, duración e intensidad sin afectar a las otras notas del arpegio del cual formará parte, e incluso se pueden borrar notas o añadir algunas más.

Una objeción común es que una versión MIDI nunca sonará como el instrumento acústico grabado, pero realmente ese no es el punto, porque el objetivo es crear una obra sonora satisfactoria que utilice los recursos disponibles y para ello, en una producción musical suelen mezclarse ambos: se puede utilizar un sonido de cuerdas de un teclado electrónico y grabar sobre éste la ejecución de un violinista, agregar un ritmo secuenciado de unos platillos hi-hat y combinarlo con la grabación de los bongós de nuestro amigo percusionista. La unión de estas dos tecnologías también puede observarse cuando en la DAW se usa un sampler con las grabaciones digitales de los mejores instrumentistas del mundo, cuyas muestras son accionadas por los mensajes del lenguaje MIDI: un ejemplo perfecto de las ventajas del trabajo conjunto.

*Licenciado en órgano por la Facultad de Música de la UNAM y profesor del Conservatorio de Música del Estado de México. Después de ser tecladista del grupo de rock Iconoclasta, en 2009 funda su agrupación GOVEA, con quien ha producido dos discos compactos y un DVD. Ha compuesto obras para orquesta de cámara, cuarteto de cuerdas, orquesta Big Band y su pieza “Subliminal” (para cello y electrónica) fue grabada en 2019 por Jeffrey Zeigler (ex-integrante del Kronos Quartet). Escribe sobre análisis y apreciación del rock progresivo en su blog www.salvadorgovea.com