Tuve un sueño hace un año, justo en medio de la pandemia. Como en un viaje a través del tiempo, me vi en una estrecha calle de Viena en 1787, tres años antes de la muerte de Wolfgang Amadeus Mozart. Parado frente a una casa que miro con atención, toco la puerta color terracota. Al instante, aparece un personaje alto y delgado que me mira asombrado por mi contemporánea apariencia. Pregunto por Mozart. Con cierta desconfianza, el personaje me deja entrar a una pequeña sala adornada con candiles, diciéndome que avisaría al gran maestro vienés de mi visita. Bajo mi hombro izquierdo cargo mi portafolio de trabajo que contiene mi MacBook Pro, un pequeño teclado MIDI y una impresora también pequeña. Después de unos diez minutos de espera en los que varios habitantes de la casa pasan mirándome como un extraterrestre, finalmente aparece Mozart elegante y aristocrático con su fina peluca, maquillado y vestido como digno compositor de las cortes del siglo XVIII. Mirándome con evidente desconfianza y hasta cierto punto asustado, Mozart me pregunta:

—¿De dónde viene usted y en qué puedo ayudarle?

—Maestro, vengo de muy lejos, del otro lado del océano; de América, y quiero mostrarle algo que usted debe conocer y que deseo obsequiarle.

—No entiendo quién es usted ni como llegó aquí, pero dígame, ¿qué es lo que yo debo conocer?

En ese momento, abro mi portafolio negro en el piso, saco mi laptop, el pequeño teclado MIDI, la impresora, los conecto y oprimo los botones para que se prendan. Mozart ve el teclado, que es lo único que parece reconocer como algo conocido, pero se queda mirando el otro extraño objeto metálico, formado por una pantalla de cristal y un teclado con letras iluminadas, tal y como si una persona en la actualidad mirara la consola de navegación de un ovni. Estuve a punto de preguntarle a Mozart si no tenía algún contacto de corriente en alguna pared para conectar mi cargador, pero preferí omitir la pregunta. Inmediatamente suena el acorde mayor característico de las computadoras Apple cuando se prenden y como arte de magia emerge el icono de la manzanita en la pantalla, momento en el que Mozart da un salto hacia atrás con los ojos desorbitados.

—Debo decirle, Maestro, con el debido respeto y proporción guardada ante usted, que yo también soy músico y compositor, que admiro su música y que me gusta analizar sus obras.

Mozart no contestó, pues se había quedado paralizado viendo la MacBook sin poder emitir una sola palabra.

—¿Es usted músico? ¿Qué es eso? ¿Cómo es que conocen mi música en América?

Mozart no daba crédito a lo que veía. Aparece mi pantalla iluminada, fondo de pantalla con una imagen de los Avengers, selecciono el ícono del Sibelius, y abro el programa.

—Sí, Maestro, he dedicado mi vida a la música, sólo que en los tiempos en los que yo vivo, las cosas han cambiado demasiado. Esto que ve usted funciona con electricidad, fenómeno físico que aún no se conoce; es una computadora inventada por Steve Jobs y Steve Wozniak aproximadamente en 1980. En América conocemos muy bien su música y de hecho, no existe Conservatorio en el que actualmente no se estudie su arte.

Mozart palidece, comienza a temblar y grita:

—¡Constanza, Constanza, ven de inmediato!

En ese momento, entra por la puerta Constanza preocupada y es así, de esta manera, en un tenso y absurdo ambiente que sólo es posible en el mundo de los sueños, como conozco a la mujer de Mozart.

—Llévense a este lunático que habla del año 1980 como si ya hubiera ocurrido y asegura que conocen en América mis obras, cuando aquí lucho a diario con mis editores para que las publiquen.

—¿Quién es usted, y qué desea con mi marido?

—Señora, yo sólo quiero mostrarle a su esposo tres herramientas que quisiera dejarle como obsequio.

En ese momento, le muestro a Mozart los compases iniciales de “Don Giovanni” en mi Sibelius, obra que en este momento el maestro aún estaba por componer, además de mostrarle la partitura y la reproducción de la misma por medio del Note Performer 3. Mozart sigue callado. Mientras tanto, comienzo a tocar en el teclado MIDI, las notas que al mismo tiempo se escriben en la partitura, reproduciendo los sonidos de los instrumentos, y le añado una reverb en la mezcladora del programa. Don Giovanni comienza a sonar con una orquesta invisible, con un sonido casi real, dentro de un pequeño y extraño objeto de metal. Después de escribir las notas en el score, lo transporto, extraigo las partes individuales y realizo varios trucos que los músicos hacemos hoy con la tecnología.

Mozart sigue sorprendido, pero ahora muestra menos desconfianza, al haber escuchado los primeros compases de una obra que le suena familiar, compuesta con su propia personalidad musical, pero que aún no reconoce, ya que en el desarrollo lineal del tiempo es una obra que él mismo compondrá unos meses después.

—Me parece una obra interesante y no puedo negar que tiene mi estilo, aunque no puedo comprender cómo es posible que pueda estar yo escuchando una obra musical que compondré después, no entiendo qué es lo que está sucediendo ni quién es usted.

En ese momento, selecciono “imprimir” en la pantalla y de mi impresora comienzan a salir dos hojas de papel con la partitura del violín primero. Mozart comienza a temblar, sale corriendo de la habitación, pero al salir por la puerta cae muerto de un infarto. Constanza grita desesperada mientras una voz operística que anuncia el fin de mi sueño penetrando las paredes adornadas, canta en alemán: “El tiempo no es más que lo que nos permite darnos cuenta de cómo los instantes se suceden uno al otro en una secuencia de eventos que percibimos como presente y como realidad. Cada momento es único. El presente es la línea indefinible que va convirtiendo el futuro en el pasado”.

Sirva este extraño sueño para reflexionar en varias cosas. Hoy, los músicos y compositores tenemos a nuestra disposición herramientas que hace doscientos años nadie podría imaginar. Si bien la tecnología no sustituye la capacidad de un músico, bien usada, la potencializa.

Hoy, un músico no sólo debe prepararse en los terrenos de la teoría musical, el desarrollo de una técnica en su instrumento, el entrenamiento auditivo, la armonía y la composición. La tecnología nos ofrece hoy la posibilidad de poder grabar nuestras ideas, de poder escribirlas con ventajas que hace apenas unos años, implicaban una inversión considerable de tiempo y esfuerzo. Cuando Mozart escribía una ópera, la escribía a mano y una vez terminada, debía contratar un copista que realizara las partes de cada instrumento y no habiendo fotocopiadoras, el copista debía realizar con su puño, letra, estilo caligráfico y con el riesgo de cometer errores, las partes musicales de cada atril, proceso que podía llevarle varias semanas en terminar. Hoy se escribe una partitura y las partes individuales se generan en unos cuantos minutos con la calidad caligráfica de una partitura editada profesionalmente.

Los compositores en el pasado, escribían música orquestal, sonando la obra en su cabeza, en su universo imaginario, aunque pudieran utilizar el piano como herramienta. Comprobaban el resultado en los ensayos, cuando los músicos comenzaban a tocar la obra. Hoy basta con tener un DAW (programa para grabar audio y MIDI), para poder sonar e incluso componer, contando con la ventaja en el proceso creativo, de estar en contacto directo con la materia sonora. Hoy es posible grabar o adquirir una pista con los instrumentos de un ensamble sin nuestro instrumento para poder practicar y estudiar una obra, improvisación o cualquier tema musical, pudiendo tocar encima como parte del ensamble.

La tecnología hoy es parte de nuestra vida artística, de tal forma que un músico, cantante, compositor, arreglista o productor, alterna en un constante flujo su capacidad creativa con el uso de la misma y aprovecha sus ventajas. Y por supuesto, es necesario reafirmar que la tecnología jamás sustituye el talento del creativo. Lamentablemente en mi sueño Mozart no pudo recibir mis tres obsequios… de haberlo logrado, le hubiera hecho la vida más práctica, aunque haya que decir de la misma forma, que nunca requirió Wolfgang en su corta vida de una computadora para realizar su magnífica y sublime obra artística.

Por Mario Santos*

Es músico, pianista, compositor y productor musical mexicano con 35 años de experiencia en el medio musical contemporáneo. Ganador de un Latin Grammy como productor musical, ha sido director y arreglista en múltiples proyectos y con diversos artistas: Natalia Lafourcade, Café Tacvba, Filippa Giordano, Gustavo Dudamel, Eugenia León, Cecilia Toussaint y Fernando de la Mora, entre otros. Ha sido compositor para diversos proyectos de cine, teatro y danza y es fundador de CCM Centro de Creadores Musicales, pedagogo, conferencista e importante impulsor de la educación musical en México.