En las producciones o canciones actuales escuchamos que todo está perfecto: la afinación, ejecución, pero por sobre todo, el ritmo y la métrica. Estos dos últimos parecen ejecutados con la precisión de un reloj atómico y si bien esta “perfecta exactitud”, a efectos de lo que actualmente es lo “correcto”, (lo prolijo, entonado y demás; la exactitud metronómica moderna), es deseable y hasta obligatoria, sin embargo, en lo que al arte respecta, le hace un gran daño a la música. ¿Cómo puede hacerle daño a la música la caída en el tiempo exacto y el perfecto devenir de cada uno de los golpes rítmicos y el acorde caído en tiempo de la parte armónica?

Hay varias respuestas. Una de ellas es que somos humanos y que ninguno de nosotros podemos ejecutar musicalmente una pieza con esa exactitud. Si bien se busca que haya una aproximación lógica e ideal hacia el tempo perfecto, la realidad es que ese milisegundo de retraso es lo que hace que la música tenga carácter humano y no como un reproductor MIDI o máquina de ritmo.

Históricamente, antes que los secuenciadores, las máquinas de ritmo y el desenfreno por la cuantización existiesen, ya había metrónomos (aún existen de forma física, más comúnmente digitales, aunque alguno que otro de madera con sistema de relojería queda, pero ya no son tan comunes). Estos aparatos de fina maquinaria de relojería daban/dan el tempo que en ese momento se creía perfecto y casi “sagrado”; luego comenzaron a poner las indicaciones metronómicas de las piezas musicales, indicadas generalmente como negra por minuto; es decir, las figuras negras que entran en un minuto. Más tarde se agregó una campanilla al dispositivo, con un selector manual que podía indicar en qué compás queríamos escuchar el acento por medio de esta campanilla. Este tipo de metrónomos se denominaban Maelzel, por haber sido Johann Maelzel el que los había patentado, y dan la pauta al ejecutante de a qué tempo el compositor o el supervisor de la pieza “recomiendan” que ésta se ejecute. En el mundo actual, las indicaciones metronómicas han mutado. Aún siguen existiendo en las partituras el BPM (Beat Per Minute), y moverlo ya comenzada la producción y/o la grabación es básicamente casi empezar de nuevo (igual que las partituras).

Volvamos a los metrónomos. Como todo elemento físico, al sufrir el uso y desgaste durante su utilización, el tiempo en estos sufre variaciones (ningún clock digital económico o estándar está exento de este problema). Ahora, esas variaciones de los metrónomos en el pasado no eran posibles de medir o de identificarlas tan fácilmente, hasta la llegada de la era digital, cuando se han podido medir y entender el porqué de sus fluctuaciones. Esas oscilaciones, al no ser tan evidentes, humanizaban las ejecuciones o al menos no eran tan “robóticas”. Lo deseable musicalmente es tener una referencia o desarrollar el tempo interno lo más exacto posible, pero en rigor de la verdad, el “tempo rubato” (término musical que se utiliza para hacer referencia a la ligera aceleración o desaceleración del tiempo de una pieza a discreción del solista o del director de orquesta con una finalidad de expresión) ha definido en muchos casos la música desde su principio, desarrollando su valor de expresión. La música debe tener dinámica y ser expresiva, tanto en tempo como en carácter. El metrónomo ha sido usado desde sus inicios como referencia de tempo, tanto en la práctica de ejercicios de técnica para profesionales de la música, como en la guía de estudiantes y aficionados.

Todo tiene una razón de ser

En estos tiempos que corren, las DAW, secuenciadores, cajas de ritmo y demás, en cierto modo han llevado el tempo perfecto al extremo, pero no podemos culpar a elementos inanimados por nuestras acciones humanas. ¿A qué nos referimos con esto? Para empezar, basta con tomar multi-tracks antiguos o piezas musicales grabadas antes de los noventa, tratar de ponerlas fijas en la rejilla o “grid” de una DAW y darnos cuenta de que no cuadran y que varían de tempo constantemente. ¿Por qué sucede esto? Notaremos al escucharlas que no nos suenan mal o fuera de tempo y hasta tienen ese gusto a gran obra de arte; cabe destacar que en la grabación de estas piezas musicales no se estilaba utilizar un “click”, “claqueta”, “clika”, “metro”, “el ruidito ese”. Varios se preguntarán: “¿Cómo hacían esa magia?” No era magia como tal, sino que se ensayaba exhaustivamente y se grababa con los músicos tocando al mismo tiempo. Al no ser las grabaciones tan accesibles económicamente como ahora y las posibilidades de edición no eran ni remotamente parecidas a la actualidad, había que hacerlo bien, a como diera lugar.

Como dijimos antes, no es culpa de las DAWs, secuenciadores y demás trabajar con reglas de métricas para los proyectos. El problema radica en la necesidad o mala costumbre de los productores, ingenieros y músicos de llevar todo al tempo perfecto, clavado y que esa medida no se retrase ni un milisegundo.

Cuando comenzaba a estudiar grabación, había furor por el “drum replacement”: se mataban por conseguir bombos, tarolas, toms de aire y de piso, hi-hats cerrados y alguno que otro estudiante temerario, platillos y hi-hats abiertos, esto a fin de grabar solamente los golpes del baterista y reemplazarlos con varias herramientas como el viejo y querido “drumagog” o similar. Luego de grabar a un baterista que se notaba que no había ensayado en unos cuantos días, por no decir semanas, tomaban ese multitrack y lo tijereteaban en la DAW de turno y realizaban un collage o “un Frankestein” digno de la peor película de terror de todos los tiempos. Una vez consumado el delito y de dejar esos cortes bien cuantizados, se comenzaba a perpetrar el siguiente crimen, remplazo del sonido natural por el artificial.

El resultado era obvio: tras horas de trabajo, con el oído cansado de horas y horas, pensábamos que estaba perfecto, una obra maestra de la edición digital y el sumun del drum replacement. Dos días después de semejante hazaña, siempre se recibía el llamado desesperado del compañero, explotando en llanto, diciéndonos que si un martillo o un serrucho hubiesen tocado esa batería, habría tenido más sentimiento o “groove”, y al escucharlo, el desastre era obvio. En nuestro ser íntimo pensamos que esta moda duraría unos pocos años y que luego quedaría como un recurso extremo ante el desastre de un mal baterista, pero lo que ha pasado es que se ha vuelto ley y el daño tanto a la música como a los músicos es casi irreparable. Quiero aclarar que es muy bueno tener la capacidad y disponibilidad técnica para poder hacer lo que se quiere o necesita para mejorar o salvar una producción, pero todo, en su sana medida. La edición y cuantización extrema afecta la columna vertebral de nuestra producción, dejando la parte rítmica de ésta sin lo que define al ser humano y al artista: la musicalidad.

Del ensayo, el ejercicio rítmico (recomiendo el libro de Paul Hindemith, “Adiestramiento elemental para músicos”, para lo que a desarrollar habilidades rítmicas se refiere) y la escucha entrenada es como se han hecho grandes canciones, grabaciones de antología que han quedado y aún hoy se siguen escuchando. Podemos mencionar el incidente entre Jeff Lynne (ELO) y Ringo Starr durante las grabaciones de los discos “Antology” (1997) de The Beatles, cuando Jeff insistía en usar la pista de click y Ringo le insistía en que el click era él (Ringo). La historia concluyó en que Jeff tuvo que dejar al Beatle ser el click track (Ringo goza de la fama de tener tempo perfecto) y el resultado de esas sesiones son las canciones “Free as a Bird” y “Real Love”, donde se puede apreciar que además de tocar sobre una cinta grabada de forma casera en 1971 por John Lennon, (la batería toma un lugar preponderante en la mezcla en los años noventa, a diferencia de los sesenta), y como se puede apreciar en la grabación, Ringo tocó sin atrasarse del tempo.

Para concluir, es indispensable para los músicos trabajar a conciencia sobre el instrumento, desarrollar las habilidades rítmicas, ensayar constantemente y mantener el perfeccionamiento de lo ya conseguido para que al momento de la grabación no tengamos que estar retrasándonos o frenándonos ante una pista de click. También, para los productores e ingenieros de grabación, es importante dar libertad rítmica, aceptar que no todo debe ser cuantizado ni sobre-editado. Esto va a dar a la música lo que últimamente le viene faltando: ser humana y como tal, un ser vivo no perfecto.

*Músico de carrera, compositor, profesional del audio y la tecnología, residente en la Ciudad de México. Actualmente se desempeña como consultor en audio, productor, realizando grabaciones y masterización. Desde 2005 tiene su propio sello: Fusa Records (www.fusa-records.com). Estudiante avanzado de Ingeniería en la UTN, Argentina, colaborador en páginas sobre audio y tecnología. Miembro AES Full desde 2007, participando activamente en disertaciones sobre informática musical y tecnología aplicada al audio tanto en México como en Argentina. Contacto: mdiazvelez@fusa-records.com