Por Carolina Anton*

Sin rumbo en un pueblo de Estados Unidos caminaba junto con unos amigos en las calles solas y obscuras, en busca de un lugar donde poder sentarnos a descansar y relajarnos… a lo lejos se veían luces que alumbraban un edificio pequeño y muy descuidado; nosotros estábamos felices de haber encontrado por fin un lugar donde parar a descansar después de un largo día. Conforme nos íbamos acercando, supimos que era un bar y al llegar a la entrada vimos algunos carteles anunciando conciertos de grandes músicos jazzistas, así que decidimos entrar un poco más y fue cuando preguntamos quién se presentaría esa noche. Inmediatamente después nos encontramos un cartel diciendo: “Winton Marsalis en concierto”. Emocionados, entramos al recinto muy pequeño y casi vacío para nosotros solos: En esa ocasión presencié uno de los conciertos más intensos e íntimos, casi un show privado que reafirmó en mí mucho más la importancia de entender y sentir la música.

Si hablamos de la cultura occidental, podremos darnos cuenta de que la música se dividió por siglos en dos momentos históricos que fueron el desarrollo del sistema tonal y todo lo que hubo antes de ello. Sin embargo, la evolución de la música que conocemos llegó con el estudio del microtonalismo, un avance en el entendimiento del fenómeno musical gracias a la participación y desarrollo de Julián Carrillo, con lo que llamó Sonido 13.

El origen

Civilizaciones del Lejano Oriente

En el extremo oriental de Asia surgieron importantes civilizaciones posteriores a las mediterráneas, hará unos tres mil años, cuando India, China y Japón destacaron gracias a su desarrollo cultural y musical. Todas las dinastías chinas, por ejemplo, consideraban a la música como un elemento fundamental de la vida, acompañando al teatro y buscando con sus sonidos concordantes la armonía perfecta de una sociedad muy avanzada para su época.

El sistema tonal chino era diferente a las escalas que se producían en otras civilizaciones occidentales, ya que el contacto entre ellas era prácticamente nulo. Sin embargo, los principios acústicos en los que se basan sus instrumentos y sonidos son iguales, de modo que la relación entre las notas y la distancia entre ellas es muy parecido al de otras civilizaciones. Los orientales (principalmente China), utilizaron, como los griegos, un sistema matemático para calcular las notas que debían tocarse: las que “armonizaban” el universo. Su sistema estaba basado en tubos, como los de la flauta, que se iban acortando según la relación de 2/3 para producir una quinta entre un tubo y otro. Pitágoras experimentó lo mismo, pero con cuerdas, llegando a conclusiones parecidas.

Con este sistema se podía llegar a la nota de inicio en lo que llamamos en occidente el círculo de quintas. Sin embargo, los números se complican a partir de la quinta número cinco, de manera que los músicos chinos desde el año 1300 A. C. vieron más práctico dejar un sistema de cinco notas o escala pentatónica. Cada nota musical se construyó en piedra en una especie de gran carillón para que sirvieran de referencia a los constructores de instrumentos musicales y a los cantantes.

La música en la antigua Grecia

Según la leyenda, Hermes mató a una tortuga y a unos bueyes, propiedad de Apolo, y con ellos construyó la lira; el segundo decidió matar al primero y éste, para aplacarlo, usó su lira. Apolo quedó obnubilado y decidió así convertirla en instrumento. La lira tenía dos versiones: una de uso íntimo y otra, más grande, la cítara, para la gente del espectáculo. Del phormix de cuatro cuerdas venía la cítara, de siete, que se tocaba de pie. Después estaba el laúd y también el salpinx, otro instrumento de cuerda de origen etrusco.

Seis siglos antes de Cristo, el músico e inventor Terpandro, que literalmente significa “deleitador de hombres”, dio vida al barbitón y al heptacordio (lira de site cuerdas), además de descubrir los sonidos sexto y séptimo que corresponden a lo que conocemos como las notas: Mi y Sí, ampliando así la escala pentatónica conocida hasta entonces, con lo que creó el diatonismo, que perdura en el mundo occidental hasta hoy.

La escala diatónica es una escala musical formada por un grupo de siete notas musicales consecutivas que se encuentran a una distancia de un tono o un semitono y está compuesta en total por cinco tonos y dos semitonos.

Básicamente se pueden distinguir dos tipos de escalas diatónicas: mayor y menor, y se caracterizan por el patrón que forman la distribución de sus tonos y semitonos.

El patrón para escalas mayores es:

Tono – Tono – Semitono – Tono – Tono – Tono – Semitono.

El patrón para escalas menores es:

Tono – Semitono – Tono – Tono – Semitono – Tono – Tono.

La escala templada o temperada de J.S. Bach

En el siglo XVIII, Juan Sebastián Bach (1685-1750), en su obra “El clave bien temperado”, implementó ciertas modificaciones fundamentales que habían sido introducidas a la escala musical. Desde entonces, la escala corrientemente empleada en Occidente es la temperada, en la que existen once frecuencias intermedias entre una nota y su octava superior. Las doce frecuencias de la escala temperada se denotan:

Do – Do#- Re- Re#- Mi- Fa- Fa#- Sol- Sol#- La- La#- Sí,

donde el signo # indica una nota “sostenida”. En el piano, estas doce frecuencias se corresponden con las sucesivas series de siete teclas blancas y cinco negras. Según se observa en el esquema anterior, en la escala temperada se intercalan notas (las notas #) entre aquellos sonidos de la octava que distan entre sí en un intervalo de un tono. Es decir, que se intercalan notas entre Do y Re, Re y Mi, Fa y Sol, Sol y La, La y Sí. Pero en cambio, no se intercalan notas entre Sí y Do, y tampoco entre Mi y Fa, ya que la distancia entre estos sonidos es de un semitono. Como resultado de estas modificaciones, todos los sonidos sucesivos de la escala temperada están separados entre sí por una distancia de un semitono. En otras palabras, entre dos notas consecutivas cualesquiera de la escala temperada existe siempre, exactamente, el mismo intervalo.

El descubrimiento

Para este momento, se mantuvo la misma escala sin tener avances ni descubrimientos de nuevos sonidos, hasta que en 1895, un “indio, hijo de campesinos de Ahualulco”, como el mismo Julián Carrillo se describía a sí mismo, se encontró con un acontecimiento extraordinario que marcó el rumbo de su vida. Fue enviado a la clase de acústica, impartida por el maestro Francisco Ortega y Fonseca, quien en una clase explicaba a los alumnos que “al dividir por la mitad la longitud de una cuerda se produce la octava superior del sonido fundamental”.

La inquietud que provocó en Julián Carrillo esta explicación lo llevó a experimentar a solas con su violín, llegando al siguiente resultado: “Primero dividí la cuerda por la mitad de su longitud y se produjo el fenómeno que para mí era de milagro: oí la octava del sonido fundamental. Después proseguí dividiendo la longitud de la cuerda en tres y se produjo la quinta, en cuatro, y oí la cuarta, en cinco y resultó la tercera, hasta que llegué a la octava división, pero allí me detuve, porque el grueso de mi dedo y el pequeño fragmento de la cuerda que quedaba me imposibilitaban para seguir”.

“Con el transcurso de los días crecía mi inquietud y me preguntaba: ¿Qué más hay? ¿Cómo seguir comprobando los sonidos producidos por divisiones más pequeñas de las cuerdas? Por fortuna pensé en la hoja de una navaja en su parte roma y busqué ayuda de mi condiscípulo Eucario González para que llevara el arco y empecé a dividir el intervalo de un tono que va de la nota Sol de la cuarta cuerda suelta del violín, hasta llegar a La y pude oír clara y distintamente dieciséis sonidos diferentes; es decir, los dieciseisavos de tono”.

“Este momento marcó mi destino. Todos los conocimientos que habría de adquirir a lo largo de mi vida los dedicaría al desarrollo de los múltiples y complejos problemas resultantes de mi experimento, con el cual se rompió el ciclo de los doce únicos sonidos conocidos hasta entonces, abriendo para la Música las puertas del infinito”.

El día 13 de julio de 1895 nació la revolución del Sonido 13 en México, con el experimento de un alumno del Conservatorio Nacional, quien rompió aquel ciclo de los doce sonidos tradicionales con los dieciseisavos de tono, que en su desarrollo han llegado al infinito en la conquista de los sonidos musicales, hasta convertirse en un verdadero sistema, que tiene además, nuevos instrumentos, nueva escritura y composiciones que descubren sensaciones ignoradas para el alma humana.

En conclusión, me gustaría mencionar las palabras de Estrella Newton:

“A temprana edad, supe comprender la revolución mexicana del Sonido 13, del maestro Julián Carrillo, físico matemático y músico. Dicen los sabios que Carrillo hizo la revolución más interesante en 26 siglos de la era musical y descubrió que la música no sólo tiene siete sonidos, sino que es infinita en los intervalos, en las armonías, en el timbre, en el ritmo y en el matiz”.

“Julián Carrillo descubrió la teoría lógica de la música y construyó instrumentos y escritura para ejecutar grandes composiciones admiradas en todo el mundo. El Sonido 13 es el principio del fin y el punto de partida de una era musical que vendrá a transformarlo todo, armonizarlo todo para las nuevas generaciones”.

Hagamos música infinita…

Ingeniera de sonido, sistemas de audio en sala y monitores con más de quince años de experiencia; ha colaborado con artistas y producciones distinguidos en más de veinte tours a nivel nacional e internacional. Ha mezclado para artistas como Kool & The Gang, Gloria Gaynor, Natalia Lafourcade, Mon Laferte y León Larregui. Actualmente se encuentra realizando mezclas en formatos de sonido inmersivo. Es cofundadora de la empresa 3BH, que desarrolla proyectos de integración tecnológica para estudios de post-producción y música en México y Latinoamérica y a partir del 2016 comenzó a representar a la organización Soundgirls.org en México, apoyando a las mujeres a profesionalizarse en la industria del espectáculo.