Hace unos días, decidí salir a comer a un restaurante que está a diez minutos de mi casa caminando. Al llegar me senté en una mesa y me di cuenta de que había olvidado mi celular en casa. Volver por él implicaba caminar de vuelta, invertir veinte minutos más en ir y regresar, moría de hambre y hacía mucho calor. Decidí entonces continuar mi existencia sin mi fiel compañero llamado celular, que tantos estímulos me provee, mi compañía ideal en la soledad. Me sentí incompleto, como si hubiera quedado en comer con alguien que al final no había llegado al restaurante. Sensación extraña, en la cual tenía que lidiar con cierto aburrimiento, concentrar mi mirada en la mesa en la que estaba sentado, en las flores que la adornaban, en mirar a los asistentes de otras mesas y finalmente en estudiar el menú.

Por otro lado, debo confesar que me sentí aliviado de cierto peso, del indeseable fenómeno pero ya natural en los que hoy vivimos en este mundo, de vivir acostumbrado al exceso de información, al llamado multitasking, a tener que contestar mensajes, correos, revisar las redes sociales para saber que está sucediendo con el mundo, qué andan diciendo mis amigos y demás, todos ellos factores que afectan la economía de la atención. Me vi retratado sin mucha felicidad, como el ser humano que describe Byung Chul Han en sus libros: un personaje que vive encarcelado, autómata, explotado por sí mismo, obsesionado por la idea del rendimiento; rendir para poder consumir cada vez más. Sentirte privado del celular no teniendo más remedio que lidiar con la contemplación implica estar atrapado en este paradigma terrible en el que nos encontramos actualmente como sociedad. Hoy, la mayoría de la gente vive con el temor de revelar a los demás una menor o limitada capacidad de consumo. Demostrar y hacer evidente ante la sociedad la capacidad de consumir, es una forma de que la gente a nuestro alrededor se dé cuenta que somos capaces de satisfacer nuestros deseos, aunque esto no sea cierto, pues una sociedad basada en el deseo ilimitado, es una sociedad destinada a la insatisfacción ilimitada.

Hace unos días platicaba con algunos alumnos veinteañeros de lo que sucedió con Netflix, cuyas acciones bajaron un 35 por ciento hace apenas unas semanas. La mayoría opina que se debe al incremento del precio, a la decisión de que ya no podremos compartir nuestra cuenta si no vivimos en el mismo domicilio y a una serie de políticas por parte de la empresa, similares a las implementadas por las aerolíneas hace unos años, establecidas para fomentar un mayor consumo, cuyo principal objetivo es el enriquecimiento económico de quienes ofrecen el servicio.

Hagamos música sin clichés

Para mí, existe una saturación de contenido y de estímulos. Hoy es abrumante tener tanto contenido, tantas opciones para ver cualquier cosa. Personalmente pierdo interés y mi atención por algo específico, porque mi mente se configura para estar en la posibilidad de tenerlo todo. Y entonces paso cuarenta minutos viendo cientos de opciones sin poder escoger una de ellas, apago la computadora y prefiero salir a caminar, leer un libro o simplemente no hacer nada, que también resulta algo inconcebiblemente positivo. Digo esto plenamente convencido, ya que las tres últimas veces que vi algo en Netflix, abandoné las películas por encontrarme con más de lo mismo. Además, he reflexionado si vale la pena invertir mi tiempo en una serie de catorce capítulos cuando me quedan aproximadamente veinticinco años de vida. Me parece una mala idea: deseo y prefiero vivir que mantenerme entretenido. Creo que seré uno más de los doscientos mil clientes que ya dejaron la plataforma.

Por otro lado, parece que nos enfrentamos a una nueva era, en la que los Estados Unidos podría ya no ser el país más poderoso del planeta; a una “desdolarización”, a un control económico por medio de especulativas cripto-monedas, una etapa donde las democracias no son más el aparente modelo social ideal, a estructuras familiares distintas, a un mundo donde la mujer toma un papel primario y no secundario, como ha sucedido a lo largo de la toda la historia; a la masiva manipulación por la información, a un excesivo consumo donde la gente se vuelve indiferente al desperdicio, a un entorno donde el sesenta por ciento de los empleos actuales ya no son operados por seres humanos; una realidad donde la gente se auto-explota creyendo que está realizándose, donde en la comunicación social se prefiere publicar una tontería en treinta segundos que publicar algo de valor. Sin duda, nos enfrentamos a una etapa de grandes cambios, no todos probablemente positivos.

En la música ocurre un fenómeno que a mi parecer, más que una etapa de cambio, revela una tendencia frenética hacia la similitud, hacia la construcción de modelos que exclusivamente buscan la popularidad en las redes masivas de comunicación que hoy nos controlan. Más allá de las corrientes artísticas e ideológicas que han surgido en distintas etapas de la historia, donde los músicos y compositores han establecido lenguajes comunes dentro de la época que viven, músicas que se parecen, que representan un conjunto de valores estéticos comunes y contemporáneos en su momento, hoy no solo los artistas trabajan bajo modelos de estandarización claramente definidos. Las mismas compañías de software actualmente venden productos para realizar sketches de música hollywoodense para películas, donde con una sola nota oprimida en un teclado se construye inmediatamente toda una orquestación, destinando con ello a la creatividad a sucumbir aparentemente ante la practicidad y la comodidad de no hacer las cosas por uno mismo y a que toda la música suene con los mismos clichés musicales. Reflejo es todo esto de la cultura del “todo es posible y sin esfuerzo”.

Me es complicado distinguir entre un grupo de K-Pop que se nutre del reggaetón para volverse viral, entre cientos de cantantes en inglés y español que cantan igual, que dicen lo mismo, el mismo sonsonete, bailando el mismo tipo de ritmo, usando los mismos recursos para lograr entrar dentro del modelo específico y requerido para estar de moda, para lograr la inmanencia de la popularidad.

La cultura de la inmediatez y de la sobre-estimulación dispersa de manera preocupante nuestra atención, llevándonos hacia un presente prolongado donde no hay pasado ni futuro, donde solo es posible consumir el momento inmediato y no es posible reflexionar, contemplar o profundizar. El micro-relato sustituye a la meditación implícita en el macro-relato.

Por ello, en otra reflexión reciente con mis alumnos, los invité a trabajar primero y arduamente, como una costumbre diaria, constante, disciplinada, racional y pasional en su arte y materia musical, en sus composiciones, en desarrollar su propio lenguaje, en profundizar y mejorar cada vez más en su objeto musical, en preguntarse porqué piensan lo que piensan y porqué hacen lo que hacen. Lo demás, darse a conocer y penetrar en este mundo lleno de información, será la etapa donde valdrá la pena publicar y luchar por un trabajo artístico que emane de su creatividad y que sepan defender. Y será entonces cuando en un restaurante, una pareja, en lugar de platicar y disfrutar de la comida y de sus mutuas compañías, permanecerán ausentes sentados uno frente al otro, cada uno revisando sus celulares para escuchar la canción que ellos, mis alumnos, acaben de publicar.

Por Mario Santos*

Es músico, pianista, compositor y productor musical mexicano con 35 años de experiencia en el medio musical contemporáneo. Ganador de un Latin Grammy como productor musical, ha sido director y arreglista en múltiples proyectos y con diversos artistas: Natalia Lafourcade, Café Tacvba, Filippa Giordano, Gustavo Dudamel, Eugenia León, Cecilia Toussaint y Fernando de la Mora, entre otros. Ha sido compositor para diversos proyectos de cine, teatro y danza y es fundador de CCM Centro de Creadores Musicales, pedagogo, conferencista e importante impulsor de la educación musical en México.