El audio vs. la infoxicación

Ilustraciones: Félix García Bonasso

¡Qué época tan compleja para ser humanito! Por supuesto que nos afecta a todos, incluidos a quienes nos dedicamos al audio. Si lo hubiésemos querido vaticinar hace 30 años, nos habríamos equivocado en casi todo. El primer fallo de cálculo sería pensar que, con tener la información disponible de manera inmediata, a la mano, a cualquier hora y sin importar el lugar (obvio mientras tuviésemos señal y datos), sería todo más fácil y simple. ¡Ja, ja, ja! Nada más lejos de lo que estamos viviendo hoy. El acceso a la información útil, sin el ruido de los conceptos mal entendidos y sin los recovecos engañosos, es tan laborioso de conseguir como lo era antes; ir a la escuela, atender cursos, conseguir literatura especializada (la inmensa mayoría en inglés) entre otras barreras. Esa fue mi normalidad noventera.

Me causa mucha gracia ver que la democratización de la tecnología y el acceso a la información no hacen que tengamos que invertir menos tiempo en ser profesionales de verdad. ¡Qué ingenuos fueron algunos con ese sueño!

Antes se trataba de conseguir la info —esa tan escasa y codiciada por tantos— con el riesgo inminente de caer en las garras del “compa” que era prácticamente un dealer que poseía los súper tips para convertirte en el dios de la mezcla con solo aprender un algoritmo (un término muy de ahora, ¿no?) que solo lo sabían él y Bob Clearmountain. Leer libros, artículos, manuales y demás; conseguir el programa pirata e instalarlo en tu poderosa PC Pentium, y al lograr echar a andar a ese Franky, automáticamente se te convertía en un experto listo para soporte técnico de Windows y, además, hacer coexistir lo analógico con lo digital. Todo era tan complicado que podías elaborar nuevos teoremas sobre el flujo de la señal. Ah, y para hacerlo todavía más difícil, crearon dispositivos con conectores caprichosos y más delicados que influencer viviendo en Dubai. Si no me creen, échenle un ojo al viejo y odiado SCSI, que seguramente fue utilizado en el Apollo XI.

Antes peleábamos contra la escasez de información; ahora, el enemigo es el exceso de información. Hoy debemos ser Sherlock Holmes para descubrir y encontrar esa aguja en el pajar (donde efectivamente hay mucha paja), contra el tiempo invertido en separar la grasa de la carnita, que equivale a ir a la biblioteca y encontrar ese párrafo mítico de la página 235 del libro de 786 páginas.

Hay que abrir los ojos y, de paso, los oídos. No existe ese lugar llamado “Audio Pro en 6 semanas”. La clave para encaminarse en la ruta es paciencia, pasión, curiosidad, autoconfianza, autoanálisis… y unos buenos 6dB de humildad. La humildad como ingrediente práctico y no solo como pensamiento noble. ¡Cuántas veces he visto el efecto Dunning-Kruger en muchos colegas! Ese sesgo cognitivo donde personas con escasa habilidad o conocimiento en un tema sobreestiman su propia competencia, mientras que los expertos tienden a subestimarse.

Desde mi punto de vista, y sin la intención de ser absolutista ni pecar de un facilismo por no tener en cuenta la infinidad de factores, se me ocurren algunas consideraciones para sobrevivir a esta crisis.

El Autopilot

La analogía devela el peligro de delegar tareas, procesos, decisiones o criterios en nuestra actividad a las computadoras, softwares, plug ins, o directamente a la inteligencia artificial. Hoy tenemos un problema muy serio en la aviación global. ¡Los pilotos están perdiendo la habilidad de volar un avión! Cada vez más dependen de las lecturas de instrumentos y de que el avión se haga cargo de los controles, al menos en una buena parte del vuelo; confiamos cada vez menos en nuestros sentidos. Obviamente, la responsabilidad que hay en nuestras manos al manipular un fader no se compara con las vidas en manos del piloto, sin embargo, la atrofia es la misma. ¡Estamos perdiendo habilidades fundamentales! Entre los culpables (o por lo menos sospechosos), están los One Knob, que, con un hermoso control, crees que resuelven todo; el preset mágico del plug in omnipotente, el analizador con gráficos de clase milenial, el medidor de sonoridad que nos califica con una carita feliz cuando llegamos al estándar, aunque no sepamos nada de LUFS.

La trampa de la inmediatez

Hay que perder el miedo a torcer parámetros y poner a prueba lo que el manual dice que es o no posible. Ah, no, espera, ese tiempo empleado es un desperdicio, porque tenemos acceso a videos de YouTube de 1 minuto con clickbaits irresistibles: “Lo que los profesionales no quieren que sepas”, “Por esta razón no avanzas”, “No creerás lo fácil que es”. No estamos dispuestos a dedicarle más de 60 segundos a investigar cómo resolver problemas. ¿Saben la cantidad de veces que encontré joyas que no estaba buscando, solo por estar de curioso? Claro, también necesitamos comprender fundamentos, que en nuestro caso serían cosas tipo: amplitud, frecuencia, contenido armónico y demás. Todo para que esa experimentación tenga propósito.

Pérdida de identidad sonora

El audio se está homogeneizando porque todos están viendo los mismos 5 tutoriales para la mezcla perfecta. Al aplicar esa infame fórmula total, perdemos personalidad, sacrificamos nuestra sustancia en pro del resultado. Este fenómeno es todavía peor en la industria de la música, donde se está cayendo en la mega falacia de creer que tú “hiciste” una rola y es “tuya”, ¡porque tú generaste esa prompt! ¿Es en serio?

Ruido de piso

Somos incapaces de dedicarle unas buenas horas y horas de sano entretenimiento a un proyecto sin tener el celular frente a nosotros y que no deje de sonar con mensajes. Cada vez que nuestros oídos reciben estímulos ajenos, sufren una especie de descalibración. Invertimos años en desarrollar capacidades sorprendentes para desmenuzar bandas de frecuencias y detectar variaciones de 1dB y estas son afectadas cada vez que un intruso llega a nuestro oído. Nuestro cerebro pierde ese estado mental profundo.

Los plug-ins son porno

No los queremos… ¡los necesitamos! Después de años de acumular cantidades indecentes de plug-ins, yo hoy dependo de una docena de ellos. ¿Y saben qué? Llegará el día en que algunos caduquen, se vuelvan incompatibles con nuestro sistema o que la última actualización sea un desastre, así que debemos independizarnos de esa esclavitud.

¡No more shakles, no more chains!

Mezclar con los ojos.

Se digitalizó el audio y pudimos ver esas waveforms en la pantalla de nuestras computadoras, y jurábamos que eso era del diablo. Ese día comenzamos a transferir responsabilidades a los ojos, responsabilidades antes solo reservadas a nuestros oídos. Y ese conflicto continúa con avances tecnológicos que hacen cada vez más atractivo lo visual.

En conclusión, aunque cada época trae consigo ventajas y desventajas, la problemática hoy amenaza a nuestras habilidades. Estamos permitiendo que nuestras capacidades se vayan en fade out. Desde luego, debemos aprovechar las nuevas herramientas (muchas son time savers que aceleran nuestros flujos de trabajo), pero una amenaza que sí hay que eliminar por completo de nuestra vida es la IA.

Yo también soy de los que usan y abusan de la tecnología, lo admito. No obstante, si volviera al pasado, a la era pre-digital, seguiría siendo un inge de audio y un músico.

¿Quién de ustedes puede decir lo mismo?

Al Autopilot, agrégale un delay, atenúa por 12dB la inmediatez; aplica un denoise a los tutoriales de un minuto para recobrar tu identidad sonora; inserta un gate al ruido de piso para evitar distracciones; mutea el bus de porn-plug in; añade un buen maximizador en ese máster (mejor conocido como el oído) y de paso un antialias al ojo.