Precoz. A los 15 años, Déborah dejó el Colegio de Santa Trinidad en Argentina y convenció a mamá de que lo suyo era otra cosa: se fugó con su novio jugador de polo de 28 años y fue a vivir a Italia. Volvió hastiada. Recién se instaló y veraneando con amigos en Punta del Este, acudió a la oficina del publicista Pancho Dotto en La Barra. Tenía 16, le acababan de terminar la ortodoncia y los fotógrafos la amaron. Querían su belleza distinta. En pocos días, Déborah era lanzada como Lolita. Luego, cumpliría 17.

No le gustaba ser sólo top model. Musical desde pequeña, Déborah siempre tuvo otras inquietudes. Cuando niña, escuchaba rock ochentoso y cualquier ocasión que le dieran para cantar, la aprovechaba. Después de su novio polista, estuvo saliendo con el hijo de un secretario de estado y luego dos Soda Stereo: Charly Alberti y Gustavo Cerati. Eso la influyó para siempre. Con Charly produjó el CD Plum, de poca fortuna.
A mediados de 2005, Déborah formó Imperfectos, junto con el productor Ezequiel Araujo. Canta, toca guitarra, ukelele, piano, teclados y escribe las letras. “Para mí, tocar en vivo es muy importante, a veces más que el disco”, define al comenzar la entrevista, “además que ahora, lamentablemente la gente tiende ir más a conciertos que comprar discos, pero el gusto por grabar en estudio no se me quita, como a algunos oyentes y técnicos”.

Nunca o una eternidad
“En vez de contratar sesionistas, pensé en músicos amigos”, reconoce la cantante; “gente con la que sabía que me iba a llevar bien musicalmente en el estudio y que iban a grabar bien. ¡Tampoco hay que llamar amigos que tocan mal!”, bromea. Para Nunca o una eternidad, Déborah compuso diez canciones con ayuda de varios colaboradores.

Tres canciones fueron producidas por Juan Campodónico, el famoso músico, compositor, productor y DJ uruguayo. “Tiene su estudio en Montevideo”, ubica Déborah; “viajé un par de veces y las grabamos allá. Después, las mezcló Julio Huerta en el mismo estudio; es muy buen técnico uruguayo, con quien siempre trabaja Juan. Después, en Buenos Aires grabamos gran parte del resto del disco, con Cristián Heyne, productor chileno”.

“Entramos a grabar primero las baterías en los Estudios Ion”, se refiere al mítico local de la capital argentina; “enseguida hicimos los bajos en Unísono (el estudio de Gustavo Cerati) con las guitarras acústicas. Y una vez que tuvimos las de referencia, terminamos por producir las voces finales”.

Microfonía. “Ocupé un Neumann 87, muy lindo, vintage”, recuerda Déborah, “después el Blue. Largo, muy moderno; balanceamos su uso para que las voces no se escucharan demasiado suaves o sin punch”.

Usó de todo
“Hubo coros que grabé con un SM-57 o SM-58, dependía de la intención. El sonido es un poco temperamental, tiene su personalidad y está vivo. Lo dejas listo para grabar y de golpe suena distinto. Algo en la cadena se modificó y de golpe estás en otro planeta”, recomienda, “así que también hay que dejarlo fluir, confiar en los técnicos y los destinos”, continúa la compositora y cantante.

Minuciosos detalles en la mezcla. “Los temas que grabamos en Ion y Unísono los coprodujimos con Cristián Heyne y fueron mezclados en Miami por Javier Garza, que es un mixer muy talentoso. La verdad es que hizo muy buen trabajo con el disco”.

Mujer a cargo. “Por un lado, está bueno dejar que los técnicos que mezclan, hagan su trabajo”, admite Déborah, “pero al mismo tiempo es crucial tomar muchas decisiones artísticas en la mezcla y ahí sí me meto; pero lo que me gusta es dejar que el técnico proponga”.

¿Cómo decirlo? “Esto es lo que quise hacer y que el técnico arregle su mezcla. Cada uno tiene sus métodos”, dice sin guardarse nada, “es muy molesto para el técnico de mezcla tener al artista quemándole la cabeza cuando está recién abriendo una sesión. Primero, dejo que el mixer haga su propuesta artística y si hay algo que no cierra, ahí me meto”, ataja la argentina.

Masterización
“Se realizó en Absolut Audio, en New Jersey”, cuenta Déborah, “por los hermanos Tom y Jim Brick. Ellos ya sabían cómo me gusta que suenen las cosas y tenían las referencias de volumen y compresión, pero pero ahí ya dejé que ellos terminaran el trabajo y no me metí. De mastering no sé nada”, confiesa con mirada traviesa.

Escucha su gusto. “Dejo que el que sabe, lo haga cien por ciento y si veo que algo me salta al oído, se lo digo, pero por lo general, si la mezcla está bien hecha, la masterización lo que hace es resaltar y hacerla mejor. No diría que cambia demasiado”, resume. “Para este disco fue muy fácil: ‘Buenísimo, me gusta; gracias”.

Por semanas consecutivas. Su sencillo Algo se mantuvo en el top 5 de Argentina y Chile. La calidad de Nunca o Una Eternidad le valió una nominación al premio Mejor Nuevo Artista en la reciente entrega del Latin Grammy. No le preocupó haber quedado atrás del trío 3Ball MTY. “Es una satisfacción que te nominen en cualquier premio. Significa muchísimo para mi carrera y la difusión de mi música”, concluye Débora de Corral; “pero sobre todo, para que me tengan en cuenta en otros países que podría tardar más en visitar”.

Belleza inteligente.