El lanzamiento del álbum “Eduardo” de Ed Maverick, supuso el encuentro con Camilo Froideval como su productor; tras una primera impresión al coincidir en la colaboración para el disco de Longshot, que Milo producía, su manager y gente de su disquera insistieron en que se reunieran; ocurrió y se hizo la magia. “Esa noche nos quedamos hablando de música, equipo, guitarras y las cosas que nos gustaban e inmediatamente hicimos una canción. Así empezó. Luego vino la pandemia y la debacle, pero nos pusimos a hacer gran parte del disco, solos, y nos fuimos haciendo amigos. El resultado fue un disco melancólico del que estamos muy contentos, que tiene canciones increíbles”.

Pensado como álbum conceptual, la labor de Milo consistió en desarrollar el sonido y estética del álbum, pues Ed ya tenía la lírica a punto desde los demos: “Habíamos hablado que fuera conceptual, con esta cosa de tener conexiones entre las canciones y tal. Acá les metimos más cosas que desarrollamos  juntos, casi todas las guitarras él y yo los teclados. Expandimos el sonido y la estética del disco, la forma como se le puede dar lectura en cuanto a sonoridades. Usamos muchos instrumentos de la “ferretería” que tengo acá en Topetitud, donde el equipo antiguo o vintage abunda, y Ed también se encontró con un montón de herramientas nuevas y fue muy divertido ir saltado de un teclado a otro, de un pedal a otro, como niños. Lo terminamos a la distancia porque me tuve que ir, volví e hicimos unos retoques y ediciones mínimas finales. El resultado fue genial, nos hicimos amigos y la pasamos muy bien”.

El rol de músico y productor, sin división: “No separo que soy músico y productor; toco el piano desde que soy niño y tengo el modo de exponer lo que se me ocurre, es más fácil tocarlo que tratar de explicarlo. Fue una linda colaboración y Ed entró en un mundo nuevo con los teclados como el Rodhes, el Wullitzer, el Juno y el Prophet, equipos mitológicos. En una canción usamos un vocoder de los primeros, de los originales, y la reacción de Ed fue de mucha sorpresa. Le sirvió mi conocimiento, tuvimos mucho intercambio de música todo el tiempo: me enseñó muchos grupos nuevos y artistas increíbles y compartimos el gusto mutuo por Luis Alberto Spinetta, a quien descubrió por “Artaud”, el disco del Pescado Rabioso y le fascinó; así fuimos generando lazos de pertenencia musical y creo que eso también hizo que todo fluyera más”.

El proceso de mezcla se hizo a partir de un avance que se envío a Ricardo Acasuso. Respecto a la masterización, destaca la decisión de realizarla ésta en cinta de un cuarto de pulgada bajo el oído de Marco Ramírez en Sonic Ranch: “La mezcla que hizo Ricardo quedó brutal, la realizamos a la distancia, escuchábamos y mandábamos correcciones. A Marco Ramírez le dejamos la misión de hacer el mastering y todo pasó por compresión a diferentes velocidades; hicimos pruebas, tracks más, tracks menos, le fuimos metiendo cuchara hasta el último minuto. Entre nuestros delirios creativos, Ed y yo decidimos que fuera así y estuvimos feliz de trabajar con Marco. Fue una buena decisión, porque le dio otra particularidad al disco, otro plus sonoro”.

La alegría de tener un disco de esta manufactura se suma a la postura del productor por tomar como principales aprendizajes de este periodo pandémico, la valoración de la vida y procesar la muerte; la reinvención, el autocuidado y sopesar la solidaridad de quienes forman esta industria creativa: “Con el confinamiento sanitario, mi vida no cambió radicalmente, porque vivo encerrado trabajando en mi casa o en el estudio. Aprendimos a reinventarnos desde dar clases a distancia hasta cuidar nuestra alimentación y ejercitarnos. Revaloré mi trabajo, poder tocar, estudiar mi instrumento, venir al estudio a trabajar con gente y mi vida familiar. Me di cuenta de que me encanta hacer todo lo que hago y por eso quiero hacer más”.