El hombre detrás de 35 mil discos

Por Jairo Guerrero* 

La música no solo se hace y no se reduce a la técnica, al hardware, al software, a los estudios, al aislamiento de los espacios o a los procesos de grabación. La música también tiene que ver con su escucha y con la intención de convertirla en acervo como objeto físico, porque finalmente, ese es su destino último: ser escuchada.

Si eso sucede, es como si no existiera y nada importa dentro de una cadena de creación si no logra el propósito de llegar a los oídos.

Todo esto lo digo desde mi propia experiencia, no solo como artista sonoro o productor musical, sino como melómano, coleccionista de música y estudioso de la arqueología musical de la historia de muchos géneros que me interesan; por eso quise dedicar este artículo al testimonio de alguien que, como yo, ha dedicado gran parte de su vida a rodearse de música. Poco más de 35 mil discos.

Mi invitado a estas líneas es Sergio Alcocer, quien además de ser publicista, multicultural marketer, fundador de LatinWorks, presidente y CCO de la agencia Rest of the World, y un creativo mexicano ampliamente premiado, quien inició desde muy joven un vínculo importante con la música como archivo personal y emocional.

Esa relación tomó forma en Austin, Texas, donde hace años creó un listening room que resguarda poco más de 35 mil discos. Sergio ha dedicado más horas a escuchar que las que muchos productores y músicos han dedicado a producir. Desde ese espacio y en medio de su colección comienza esta entrevista.

Sergio, cuando uno ve tu espacio de trabajo, la primera impresión es que estás dentro de una memoria musical. ¿Cómo describes este cuarto?

Este cuarto responde a una misión que tengo desde hace mucho tiempo. Cuando tenía como 13 años, viví una experiencia muy breve, casi como un sueño, que se me quedó grabada. Trabajando como mensajero, un día me tocó llevar un paquete a una casa que creo que estaba por San Ángel o Chimalistac. (Después supe que era de un pintor mexicano bastante reconocido en esa época, Francisco Corzas).

Entré apenas un momento, quizá dos minutos, pero lo que vi me marcó. Era un espacio lleno de libros, discos, pintura y música clásica contemporánea. La imagen se me quedó como una iluminación: pensé que quería vivir así, en un lugar rodeado de todas esas cosas que me gustaban.

Con los años, después de vivir en distintos lugares y en varios países, cargando cajas y cajas de discos, finalmente, al llegar a Austin, busqué una casa con suficiente espacio para construir esto. Este cuarto no existía: lo construí entre 2016 y 2017 y es un lugar que se acerca a aquella imagen que vi cuando era niño. Es el lugar donde finalmente pude reunir los libros, los discos, el equipo para escucharlos e incluso algunos discos que conservo desde niño y que nunca abandoné.

Este cuarto también parece estar muy ligado a tu relación con el jazz y de hecho es una parte importante de tu colección. ¿De dónde viene esa relación tan fuerte con la escucha y con el jazz?

Yo tuve una fortuna increíble: mi papá era aficionado al jazz, pero al jazz en un sentido muy amplio. Escuchaba de todo, aunque lo que más recuerdo de mi infancia, entre finales de los sesenta y principios de los setenta, era música de improvisación, cosas bastante provocadoras, difíciles si uno no tiene el oído acostumbrado.

Mi papá era una persona muy sencilla, muy buena onda, pero lo que hacía era escuchar música. Se gastaba su dinero en discos y creo que eso fue muy importante: en mi casa estaba bien visto comprar discos y estaba bien visto oír música. Entonces para mí fue natural crecer así, con discos sonando todo el tiempo, a mucho volumen, como una presencia normal dentro de la vida cotidiana. Hay en particular un disco de Ornette Coleman que mi papá escuchaba mucho: “At the Golden Circle Stockholm”, grabado en vivo en Suecia en los sesenta, con David Izenzon en el contrabajo y Charles Moffett en la batería. Es un disco al que le tengo un cariño particular, porque mi papá lo escuchaba mucho.

¿Y recuerdas cuál fue el primer disco que compraste?

Sí, me acuerdo. Empecé escuchando samba y comprando discos de ese tipo, pero el primer disco que compré, y que sigue siendo un discazo, fue uno de Johnny Winter: “Johnny Winter And / Live”. Es una grabación de 1970 o 1971. Todavía lo tengo, aunque ahora en varias ediciones.

¿Cómo se organiza una colección de 35 mil discos? 

Es complicado. La tengo organizada por géneros, pero por géneros como los entiendo yo. Hay una sección de jazz, una de funk y soul, una de rock alemán, una de rock en general —donde también entran cosas como punk— y otra de música del mundo.

El problema con ese orden es que si tienes 250 discos en la letra A, todavía tienes que buscar dentro de esa A. Con una cantidad así de discos, para mí es imposible llevar una organización perfecta. Pero el sistema ideal que me gustaría hacer algún día sería organizar la colección por año de edición o por el año en que se grabó la música. Eso me parece mucho más interesante que organizarla solamente por género, porque te permite ver qué estaba pasando musicalmente en un momento específico. Por ejemplo, si piensas en un año como 1966, puedes poner en contexto lo que estaban haciendo los Beatles, lo que estaba pasando en otras escenas y también lo que estaba haciendo Stockhausen. Empiezas a ver cómo la música se relaciona con su época, con las tendencias y con lo que estaba pasando en el mundo.

Esa mezcla me interesa mucho más, porque no separa la música por categorías cerradas, sino que la pone a dialogar dentro de un mismo momento histórico. Si calculamos el tiempo que dura cada disco y lo multiplicamos por 35 mil o 40 mil piezas, probablemente hay ahí más música de la que alcanza una vida para escuchar. ¿Te angustia no haber escuchado todo lo que tienes?

No, no me angustia. Sé todo lo que tengo y sé qué es cada cosa. Incluso las cosas que no he escuchado, sé exactamente qué son. No tengo nada que no sepa lo que es. Lo que me angustiaría sería no tenerlo, y de hecho la colección sigue creciendo.

El ritual de comprar un disco para escucharlo sigue siendo importantísimo para mí. Me sigo sentando a escuchar discos, muchas veces mientras trabajo. Y varias veces al año hago pequeñas reuniones en la casa para escuchar música. Viene gente, hacemos una curaduría y escuchamos discos juntos. Ese tipo de encuentros también me permite volver a discos que quizá sabía perfectamente qué eran, pero que no había escuchado físicamente en ese contexto.

Oye, ¿y cómo se cuida una colección de este tamaño?

Toda la temperatura está controlada. Aquí adentro no se fuma, el aire acondicionado está controlado y trato de evitar cualquier extremo de calor, frío o humedad que pueda afectar la colección.

En términos de fundas y cuidado físico, soy bastante cuidadoso. La mayoría de los discos están en buen estado y trato de mantenerlos así. También tengo un seguro general para la colección, aunque asegurar disco por disco sería otra cosa: para eso debería tener una lista completa, con registros de costo, edición y estado de cada pieza.

Con más de 35 mil discos, ¿Qué sigue?

Además de mi colección, tuve una tienda de discos: Discos Mono en la Ciudad de México, de 2012 a 2018. La idea de volver a tener otra tienda me entusiasma mucho. También sigo buscando discos, claro. Hay discos que quiero, discos que me gustaría encontrar.

Al mismo tiempo, soy muy consciente de que esta colección pesa mucho. Físicamente pesa muchísimo, y mudarla de aquí sería prácticamente imposible. Pero también pesa emocionalmente. Ya tengo claro que no me la voy a llevar a la tumba.

Hay una parte de mí a la que le gustaría estar vivo cuando los discos se vayan. Me gustaría ver a dónde van, poder hablar con quien se los lleva, saber que quedan en buenas manos. Si algún día tuviera que ordenar mis cosas por una razón definitiva, una parte de ese tiempo la dedicaría a asegurarme de que los discos se fueran bien.

Ahí la conversación se aligeró. Nos reímos cuando le dije que yo todavía tenía espacio para unos cuantos. La entrevista duró mucho más que estas siete preguntas. Aquí he querido condensar apenas una parte de esa memoria que Sergio mantiene viva a través de los discos.

Al final, lo que aparece en la historia de Sergio Alcocer no es aquello por lo que ha sido nombrado tantas veces en los medios: la publicidad, los premios o una carrera brillante. Es algo que estará con él hasta el último día y que quizá puede contar de una manera mucho más emocionante la historia de su vida: una colección extraordinaria y una vida organizada alrededor de la escucha.

Porque en esos 35 mil viniles (tal vez más) hay historias. Y tal vez por eso me atrevería a pensar que su listening room no es solamente un lugar para escuchar música, sino un lugar para escuchar su vida cada vez que un disco gira. Lo sé, porque también es algo que me pasa a mí: mi vida también se cuenta a través de discos.

Para escuchar su colección musical, Sergio Alcocer utiliza en su listening room de Austin, Texas, la siguiente cadena de audio:

Speakers: DeVore Fidelity gibbon X. Bocinas de piso de tres vías, con tweeter textil de 3 cuartos de pulgada, driver de medios de 7 pulgadas y dos woofers de 9 pulgadas. 

Amplificador: Sugden Masterclass IA-4 Integrated Amplifier, 33 watts por canal a 8 ohms, con entrada phono MM, entradas de línea y entrada balanceada. 

Tornamesa: Rega Planar 6. Tornamesa con brazo RB330, motor de 24 V de bajo ruido, platter de vidrio de doble capa y fuente externa Neo PSU.

CD player: Rega Isis. Reproductor de CD de referencia con doble DAC Burr Brown PCM1794 en configuración dual mono y salidas balanceadas XLR.

*Es artista sonoro y productor musical con una larga trayectoria en la música electrónica, el arte sonoro y la experimentación. Su obra cruza sonido, literatura, memoria e imagen en proyectos como Techxturas Sonoras. Es creador, productor y conductor de Atmósfera Cero, programa de música experimental en Opus 94 FM / IMER. Miembro de The Recording Academy (GRAMMY®) y The Latin Recording Academy (Latin GRAMMY®). Contacto: www.soyjairoguerrero.com.