Hace un par de años comentaba con un colega una cuestión que es quizás uno de los temas mas controvertidos en el audio profesional. Este colega, un experimentado y reconocido ingeniero de sonido en vivo, me hacía el comentario de que ya nadie usaba el oído al ecualizar un sistema de sonido, y que muchos ingenieros jóvenes llegaban con una laptop y algún software de medición bajo el brazo y se guiaban únicamente por lo que decía la pantalla, independientemente de que el sistema sonara bien o no, frecuentemente con malos resultados.

Dejando de lado la brecha generacional, esta conversación trae a colación una vieja discusión, no sólo entre ingenieros veteranos y los más jóvenes, sino también entre ingenieros de estudio y de sonido en vivo, operadores, e inclusive entre el mundo del hi-fi. Sin embargo, esta problemática pareciera haberse agudizado a raíz de la facilidad con la que actualmente cualquiera puede contar con un analizador de audio con sólo una computadora portátil, un programa de medición y una tarjeta de audio, mientras que hace no muchos años tener un analizador de audio era económicamente impensable, excepto para unos cuantos.

 

Mientras que algunos (como mi colega), argumentan que nadie usa ya el oído para ecualizar un sistema de sonido, otros señalan los beneficios de la tecnología y otros más cuestionan la accesibilidad de los sistemas de medición como una cura para todos los males del audio. Cada parte tiene argumentos sólidos de su lado, pero la discusión sigue después de varios años y parece no tener fin.

Entonces, ¿qué criterios deben seguirse para evaluar un sistema de sonido? ¿Debe ecualizarse a oído o mediante un analizador? A continuación veremos que ambos son útiles y que, de hecho, se complementan. El error estriba, en todo caso, en pretender que impere uno de estos dos criterios por encima del otro.

Definición, punto de partida

Para comenzar debemos hacer una definición muy clara, que resulta inherente a la ingeniería de sonido, si definimos ésta como la aplicación del conocimiento científico y técnico para resolver problemas relacionados con el audio y su percepción. En otras palabras, la ingeniería de sonido utiliza criterios objetivos y cuantitativos (técnicos) para resolver problemas relacionados con ella, independientemente de que éstos dependan de un criterio subjetivo o cualitativo (percepción auditiva). Desafortunadamente, en ocasiones la frontera entre estos criterios pareciera ser poco clara, y en este caso debemos definir la diferencia entre cómo suena un sistema de sonido —un criterio subjetivo—, y cómo funciona y responde el mismo sistema —un criterio objetivo.

Al hacer esta distinción podremos diferenciar entre cuándo debemos usar los oídos y cuándo debemos usar el analizador. En este punto asumiremos que una de las técnicas básicas que usamos en el ajuste y optimización de sistemas sonoros es la ecualización correctiva, que involucra ajustes de nivel y frecuencia, y que estos son dos de los principales parámetros que manipularemos para ajustar un sistema diseñado e implementado apropiadamente.

Los ajustes de ecualización tendrán un impacto directo sobre la respuesta de frecuencia del sistema. Cuando hablamos de la respuesta de frecuencia de un sistema de sonido, asumimos normalmente que ésta debe ser plana como una condición intrínseca a la calidad objetiva de un sistema de sonido, se trata de uno de los criterios fundamentales de la ingeniería de audio; un sistema plano no añadirá a la señal de entrada ninguna coloración tonal y proporcionará una señal de salida fiel e íntegra. En otras palabras, el sistema reproducirá la señal sin alterar su contenido de frecuencia. Se trata pues, de un criterio puramente técnico (objetivo).

   

Ahora, cuando un sistema de sonorización presenta anomalías en su respuesta de frecuencia debido a la interacción acústica entre subsistemas o con superficies adyacentes, resulta necesario compensar tales anomalías mediante la ecualización correctiva, para obtener una respuesta de frecuencia plana. Sin embargo, la pregunta es: ¿Podemos ecualizar un sistema usando únicamente nuestro oído para obtener una respuesta de frecuencia plana?

La respuesta es compleja, ya que nuestra percepción de plano se ve afectada por la respuesta de frecuencia de nuestros propios oídos. Esto se debe principalmente a la resonancia del canal auditivo y a la función de transferencia en el oído medio. Esto implica además, que existan variaciones de una persona a otra. La respuesta de frecuencia del oído humano fue determinada originalmente por Harvey Fletcher y W.A. Munson en 1933 y se muestra en lo que ha sido experimentalmente verificado y conocemos como Curvas de Igual Sonoridad (Figura 1). Estas gráficas muestran la amplitud relativa necesaria para que escuchemos diferentes frecuencias al mismo nivel percibido. También revelan que el oído humano es particularmente sensible a frecuencias entre 1 kHz y 5 kHz, y que a las frecuencias más bajas y más altas muestra una menor sensibilidad.

Aquí nos enfrentamos más cerca a nuestro dilema. ¿Qué diferencia hay entonces entre un sistema que suena bien y uno que tiene una respuesta plana? Por supuesto, un oído educado podrá hacer una evaluación subjetiva muy buena de un sistema de sonido; sin embargo, no deja de ser subjetiva y de tener limitaciones inherentes a la percepción auditiva. Entonces debemos replantear nuestra pregunta de la siguiente manera: ¿Suena bien un sistema con una respuesta de frecuencia plana? y en todo caso, ¿por qué es importante tener una respuesta de frecuencia plana en un sistema de sonido?

La respuesta a la primera pregunta es que subjetivamente una respuesta de frecuencia plana no necesariamente suena bien. Un sistema de sonorización perfectamente plano será en realidad percibido como estridente o demasiado medio-agudo (ya que nuestro oído es mas sensible a sonidos entre 1 kHz y 5 kHz), además de que tendremos la percepción de que el sistema no tiene una buena respuesta en los extremos de baja y alta frecuencia. Peor aún, veremos que la respuesta de frecuencia percibida cambiará con el nivel de presión sonora promedio del sistema, es decir, no percibiremos subjetivamente la respuesta de frecuencia de la misma forma a 80 dB de nivel de presión sonora (SPL) que a 110 dB SPL, como lo muestran las Curvas de Igual Sonoridad. Esto es una consecuencia de las limitaciones de nuestro propio oído.

La respuesta a la segunda pregunta es fundamental. Necesitamos garantizar que nuestro sistema sonoro sea neutro y reproduzca —idealmente— con igual eficiencia todas las frecuencias del espectro audible a la misma intensidad relativa. Para lograrlo, un analizador nos puede proporcionar información adicional con mucha mayor precisión que el oído mismo, información que juega un papel determinante en la corrección de la respuesta de frecuencia. Esta información será de gran utilidad para determinar no sólo la presencia, sino también la causa, de anomalías en la respuesta de frecuencia que, de otra manera, no podrían ser detectadas de forma subjetiva, como problemas de fase y polaridad, reflexiones en superficies, retardos de tiempo, interacción destructiva entre subsistemas, problemas de cobertura y demás.

Complementar para lograr mejores resultados

Podemos ahora ver que un analizador resulta ser una herramienta indispensable para la optimización de sistemas de sonido, ya que nos proporciona información objetiva y precisa sobre un sistema, pero entonces, ¿dónde quedan los oídos? Hace algunos años todavía, algunos ingenieros de sonido señalaban que a final de cuentas el público que va a escuchar un concierto no tiene analizadores por oídos. Y tenían razón.

La solución es entonces usar ambos criterios de forma complementaria. Si logramos que nuestro sistema tenga una respuesta de frecuencia plana mediante ecualización correctiva como en la figura 2, lo podemos verificar objetivamente mediante un analizador, pero a la vez debemos siempre escuchar el sistema y hacer una evaluación subjetiva. Para ello podemos utilizar diferentes fuentes sonoras de alta calidad que cubran todo el espectro audible y evaluar su calidad sonora subjetivamente. Si usamos una grabación de baja calidad para evaluar un sistema, es obvio que podremos incurrir en evaluaciones subjetivas erróneas.

 

Tomar en cuenta el tipo de material que el sistema deberá reproducir es importante; generalmente una mezcla para jazz o música clásica requerirá de menor energía en graves que una mezcla para pop o rock, como se muestra en la figura 3. Además, se debe verificar que no existan diferencias o anomalías claramente audibles, y en caso de haberlas, se debe usar el analizador para descubrir su causa. Por supuesto también es válido usar ecualización con fines estéticos (siempre que mantengamos clara la independencia entre ecualización correctiva y ecualización de mezcla). Para ello podemos usar un ecualizador que no afecte la respuesta del sistema, pero que ayude al ingeniero a colorear su mezcla.

 

Es esencial por lo tanto que un ingeniero de sonido entienda ambos aspectos y que cuente con la experiencia necesaria y con criterios tanto objetivos (técnicos), como subjetivos (auditivos y estético-musicales). De esta forma no sólo podrá evaluar bajo un criterio imparcial el buen desempeño de un sistema, sino que además podrá garantizar que la toma de decisiones tenga un impacto positivo en el resultado subjetivo. Además podrá interactuar y comunicarse con mayor fluidez y claridad con otros ingenieros, ya que el principal propósito es lograr que el sistema reproduzca con precisión y fidelidad una mezcla musical, agradable y de gran contenido estético.

Volviendo a aquel colega con el que hace unos años comentaba este tema, es claro que muchos ingenieros de sonido pueden actualmente adquirir el equipo necesario para analizar un sistema, así como el conocimiento necesario para tomar decisiones objetivamente correctas, pero también resulta claro que educar un oído para tomar decisiones subjetivas es otra historia. Por lo tanto, para un ingeniero actualmente resulta indispensable más que nunca no sólo el conocimiento y las herramientas técnicas, sino también educar el oído, obtener experiencia mezclando y una formación estético-musical que complemente su formación técnica.

En la misma forma en que los criterios objetivos y subjetivos pueden complementarse para lograr los mejores resultados de un sistema de sonido, también los ingenieros de sonido con formaciones más técnicas pueden complementar a aquellos con una formación más estética o empírica y viceversa. Los resultados serán entonces no sólo técnicamente mejores u óptimos, sino también más agradables y satisfactorios. Finalmente nuestros oídos y los del público que paga un boleto para escuchar y ver un concierto lo merecen ¿no lo creen?

Luis Quiñones cuenta con 16 años en el medio del audio profesional, principalmente mezclando sonido en vivo y diseñando sistemas de sonorización. Es uno de los fundadores de Zero Phase Sound Design Consultants, donde presta servicios profesionales de audio para la industria del espectáculo y diseña sistemas para instalaciones fijas y diversos eventos.