Apenas levantó la batuta Marco Parisotto, apenas sonó la primera nota del allegro ma non troppo y La Novena completa —aquella que yo creía desconocer—, comenzó a resonar en mi cabeza. Nota a nota comencé a reconocer las texturas que abstraían a mi padre. Ahí estaba él, ausente del mundo, sumergido en sus planos, reclinado sobre su restirador, deslizando uno de sus estilógrafos con suavidad, pero con firmeza, casi imitando los movimientos de una batuta, sobre la alargada regla paralela, esa misma cuyos biseles, por mi poca pericia y entendederas, me llevaron a estropear pliegos y pliegos de albanene durante la preparatoria.

Conozco las tonadas de los cuatro audaces movimientos de La Novena; me emocioné. Entonces los gestos de los músicos, las pequeñas batallas entre oboes y flautas, los solos de contrabajo, el contrapunto de los violines, los acentos de las percusiones, la fuerza con que arremetieron los arcos a los chelos, el romanticismo de las violas, la profundidad de los fagots y la sonoridad victoriosa de los metales me hicieron comprender lo que mi padre, en su ensimismamiento, jamás me enseñó: La Novena es a la vez tempestad y emoción; no es un canto de alegría, sino una guerra por la libertad.

Hacia 1770, en la Prusia de la dinastía de los Hohenzollern, surgió un movimiento literario opuesto a la Ilustración. Johann Georg Hamann, Johann Gottfried von Herder y Johann Wolfgang von Goethe, entre muchos otros autores, comenzaron a combatir con emociones el falso racionalismo que proclamaba la existencia de un Dios que todo lo creaba.

La rebeldía que nació en las letras pronto se trasladó a otras manifestaciones artísticas, como la plástica y la música. Pero el mecenazgo que mantenían los poderes eclesiásticos y monárquicos les censuraba. Así fue como comenzó una gran batalla por las libertades del hombre, en la cual los artistas luchaban por su derecho a reflejar en sus obras el malestar social de la época, las grandes diferencias sociales y la hipocresía moral entre las clases más altas.

En el medio de esta rebelión estética –denominada justamente Sturm und Drang (tormenta e ímpetu) debido al título de una pieza teatral compuesta por Friedrich Maximilian Klinger—, surgió un poema que pronto se convertiría en himno para la humanidad: An die Freude, de Friederich Schiller. Fueron los versos de Schiller los que inspiraron a Ludwig van Beethoven a componer una sinfonía distinta con la que rompió, además de los paradigmas sociales, la estructura musical predominante de la época, con la cual aún ahora conmueve al más duro de los corazones.

El desafío de don Ludwig, el primordial, era el de incorporar las letras de Schiller a una sinfonía. No fue sencillo. El poema elegido era ya de por sí controversial. Según relatos de la época, el título que eligió Schiller originalmente era Ode an die Freiheit, que se traduce como “Oda a la Libertad”. Algunos historiadores aseguran que la obra fue censurada y que para garantizar su publicación, se le pidió al autor sustituir la palabra Freiheit (libertad) por la de Freude (alegría), no sólo en el título, sino en toda la obra. Otros aseguran que ya por la época revolucionaria, algunos estudiantes la cantaban como himno, utilizando las notas de La Marsellesa, y que fueron ellos quienes sustituyeron la palabra para “ampliar su significado: aunque el destino del hombre es la libertad, el desarrollo completo de ese destino debe desembocar en la alegría”, como lo señalan Nuria C. Arocas, José Antonio Calañas y Ana R. Calero en el libro Friederich Schiller. Estudios sobre la Recepción Literaria e Interdisciplinaria de su Obra.

Cualesquiera que sea la realidad, cuando Beethoven conoció el poema en 1793, el texto ya había sido cambiado, pero el espíritu libertario y combativo del mismo permanecía.

Libertad, igualdad y fraternidad

De mi padre y de tres de sus mejores amigos –Benjamín, José Luis y Arturo— aprendí que hay una sola cosa que nos hace diferentes de los animales: la fraternidad. Me formé bajo la tutela de ellos cuatro y con los preceptos de los Amigos del Bosque. Más que prender fogatas, anudar cuerdas y plantar una tienda de campaña, el conocimiento que me heredaron fue emocional: la amistad puede derribar cualquier barrera.

Mientras escucho el segundo movimiento y veo revolotear el recortado copete de Parisotto, recuerdo a mis amigos. Algunos de ellos heredados por mis tutores, como El Chato, Chizwiz y Boris, como El Negro, como Benjamín y Claudio, como tantos de quienes han pasado por la Asociación Escultista de marras. También a otros como Haram, Manuel, Martha, Jessica, El Cursi, El Mostro, Alonso, Toño y quienes se han ido incorporando en el camino.

De pronto me veo yo también entusiasmado, agitando mi cabeza como el director, revoloteando mi propio copete, aun más ralo que el de quien sostiene la batuta, pues por fin entiendo la libertad por la que también luchaba mi padre cuando atacaba con tinta y pasión un pedazo de papel. Voy a utilizar las palabras de Matías Rivas porque expresan mejor mi descubrimiento: la libertad que buscaba Beethoven y la que encontró mi padre en sus notas “no es cualquiera, sino que es, en primera instancia, libertad para crear”.

Uno de los libros favoritos y de los pocos que solía recomendar mi progenitor era El Manantial, escrito en 1943 por Ayn Rand. En este se narran las peripecias de un joven arquitecto, Howard Roark, que lucha por romper los convencionalismos estéticos de la época. A su manera, mi padre batallaba consigo mismo y contra la educación conservadora que le habían impuesto sus padres, para romper su propio molde y encontrar en la arquitectura un lenguaje nuevo, diferente, que distinguiera su obra, por poco trascendente que resultara.

Así nacieron sus construcciones de agudos ángulos y formas geométricas irregulares. Un estilo que sólo encontró visibilidad en el diseño del edificio que todavía hoy alberga a la Alianza Francesa de Guadalajara; también en otras que nunca llegaron a realizarse, como una casa-habitación inspirada en las formas de un caracol.

Mi padre buscaba proyectar con formas distintas pero funcionales, para encontrarse a sí mismo: buscaba “la libertad para ser y, finalmente, la libertad para vivir y relacionarse con los demás”, como escribe Rivas de don Ludwig y, como ese mismo autor señala, esa es la relación entre la libertad y la fraternidad. Eso es lo que le inspiraba La Novena.

Alegría, bella chispa divina.

Nada conmueve tanto como el tercer movimiento. Sus notas fueron las precursoras del romanticismo alemán y se puede apreciar en la expresión de Parisotto. Mientras conduce esta parte, el cuerpo del director se mece casi con ternura, la mano izquierda pegada al corazón, la derecha ondeando la batuta casi como siguiendo el movimiento que provoca el viento en un campo sembrado con flores.

No puedo evitar aprisionar entre mis dedos la mano de Isis, quien se reclina en mi hombro y me hace notar cuán enamorado estoy, de ella y de mis tres hijos. La mayor alegría, la chispa divina de la que habla Schiller en sus versos, es la del amor incondicional, aquel que se profesa a otros sin esperar nada a cambio.

“Quien haya alcanzado la fortuna / de poseer la amistad de un amigo / quien haya conquistado a una mujer deleitable / una su júbilo al nuestro”, los versos de Schiller me ponen contento. Como ya dije, cuento con amigos insuperables y conquisté a una mujer sabrosísima; por si fuera poco, tengo tres vástagos maravillosos. Soy digno, entonces, de compartir el júbilo de quienes luchan por la libertad.

Que siga entonces sonando el tercer movimiento mientras yo sostengo tu mano, amor, que no puedo estar más alegre, divina.

Si ___ Do Re Re Do Si La Sol Sol La Si Si.

Tres sordos resoplidos al contrafagot anticipan las notas más conocidas por la humanidad. Es el cuarto movimiento, el que ha estremecido al mundo entero, y ya el coro ha comenzado a cantar los versos en alemán.

La memoria juega de nuevo sus travesuras. Esta vez me veo a bordo de un auto destartalado circulando las también destartaladas calles de Puerto Vallarta. Me acompañan Haram, El Negro y Gavilanes –quien hoy también nos falta— y vamos todos hasta el cepillo de borrachos. En tan mal estado estamos, que malentonamos a todo pulmón la traducción al español equivocada de los versos de Schiller: “escucha hermano la canción de la alegría”, gritamos arremedando al roquero Miguel Ríos. Me doy cuenta de que la melodía que seguíamos entonces es muy distinta de la que ahora resuena en el Degollado.

La Filarmónica, que suena impecable, me emociona, porque de nuevo me trae al estudio de mi padre. Yo me asomo apenas por la puerta de cristal templado enmarcada con madera de pino laqueada al natural, sin tinturas, como a él le gustaba. Su cuerpo entero se agita mientras dibuja. Es ajeno a mi presencia y a la de los tres dibujantes que le asisten. Está luchando, está librando una batalla sin cuartel por su derecho a crear con libertad y supongo, de pronto, que no se ha dado cuenta de que su creación, una de las tres más importantes de su vida, lo espía divertido.

Entonces me despiertan los aplausos, los de un teatro que se viene abajo y los míos propios. Grito frenético un solo “¡bravo!”, como tú lo harías, y luego le digo a Isis que en ese momento, a mi lado, me conminas a estrechar la mano del director, diciéndome: “todavía debe estar caliente”, como me lo dijiste tantas veces.