Héctor Castillo se define con cinco palabras: “productor, ingeniero/mezclador, tweaker frenético”. Un tweaker es aquel que se obsesiona con sacarle el máximo provecho a su equipo y en la trayectoria de este venezolano afincado en Nueva York encontramos más de una certeza de que sabe cómo hacerlo.

En su temprana juventud fue bajista de dos bandas de culto en su país: Sentimiento Muerto y Dermis Tatú (con este grupo grabó La violó, la mató, la picó, considerado como uno de los discos mejor producidos en Latinoamérica en los años noventa), pero desde finales de aquella década decidió mudarse a la Gran Manzana y comenzar su historia como uno de los ingenieros latinoamericanos con mayor cartel internacional.

 
  En sólo diez años, Héctor ha trabajado al lado de grandes nombres del rock y el pop: David Bowie, Björk, Roger Waters, Pete Townshend, Lou Reed, Antony and the Johnsons, John Legend, Gustavo Cerati, Marc Ribot, Ziggy Marley, Suzanne Vega, Bebel Gilberto, Aterciopelados y Ximena Sariñana. Pero fue el compositor Philip Glass quien inicialmente lo introdujo en el universo de la música para cine, precisamente en su Looking Glass Studio, que recientemente cerró tras una historia ilustre por cuestiones de arrendamiento. Fue ahí donde Héctor desarrolló toda su carrera, hasta su mudanza a los Downtown Studios, donde justamente en esta ocasión repasa algunas de sus mejores experiencias.

¿Cómo iniciaste tu carrera como ingeniero y productor?
“Como ingeniero y productor tengo diez u once años, pero empecé como músico en Venezuela y siempre tuve inclinación por la grabación y las cosas de programación. Siempre manejaba los secuenciadores, me llamaba mucho la atención. Luego me invitaron a trabajar a Looking Glass, y empecé haciendo lo básico: sirviendo café, recogiendo la basura. Con el tiempo, como ya había visto trabajar a los clientes, comencé a bombardear pidiendo una oportunidad y cuando se abrió un puesto inicié como pasante”.


“Primero comencé como asistente del director musical de Philip Glass, grabando música para películas. En algún momento, el manager del estudio pensó que si yo ya tenía tiempo ahí y querían hacer algo con un sonido distinto, con un acercamiento más de rock, podía hacerlo. Entonces una de las primeras cosas que hice fue poco ortodoxo para la música clásica, porque comencé a grabar como si fuera pop o rock, dividiendo todo por secciones”.

“En realidad esto lo hacía por necesidad, porque mucha de la música que grababa es muy difícil de tocar, tiene arpegios interminables, muy rápidos, las partes de la sección de vientos son imposibles de tocar. Claro, cuando lo escuchas en la creación final es algo hipnótico, de una gran textura, pero el proceso de grabación es muy tedioso para los músicos, porque si repites un arpegio va cambiando de métrica. Entonces empecé a grabar por separado: primero las cuerdas bajas, los cellos; luego las altas, las violas; luego los vientos, luego los metales, la percusión, el piano, los solistas. Al final quedaban mezclas muy poco ortodoxas. Podía tomar toda la sección de cuerdas y darle un tratamiento totalmente diferente al resto de la orquesta. El productor musical de Philip Glass viene de los años sesenta, trabajó con The Who, y quería algo de sicodelia. Me empujaba a hacerlo y pasábamos las cuerdas por un gabinete Leslie, lo que le daba un efecto sicodélico. Se escucha mucho en la cinta Naqoyqatsi. Ese fue mi primer gran proyecto, de principio a fin”.

¿Cómo te hiciste responsable de proyectos discográficos más ambiciosos?
“A través de lo que hacía en el estudio de Philip me fui relacionando con otros artistas. Uno de los primeros artistas grandes de Nueva York con quien trabajé fue Suzanne Vega, con quien grabé y mezclé Songs in red and grey. Desde ahí fui abriéndome más cancha hacia el rock y cosas más alternativas”.

¿Existe un disco que consideres tu mejor trabajo?
“Siempre estamos buscando que llegue el disco perfecto, pero un proyecto al que le tengo un cariño particular, porque me involucré desde una etapa temprana, es Brazilian Girls, con quienes ya he hecho tres discos”.


En tu carrera sobresale tu labor con David Bowie. ¿Cómo se logró esa relación para los discos Toy, Heathen y Reality?
“Todo fue por estar en Looking Glass. Empezó con el productor Mark Plati (también director musical de David en algún tiempo) porque fueron a hacer Toy, un disco que nunca sacó. Era para librarse de un contrato con Virgin, y eran puras versiones de temas de él mismo. Cuando lo sacó, a la disquera no le interesó, pero se libró del contrato. Al año apareció otra vez, ahora con Tony Visconti como productor. Con Tony hizo la trilogía de Heroes, Low y Lodger. Tony tenía mucho tiempo fuera de la escena y lo conocí trabajando con Mark. En Heathen y Reality hice la ingeniería y la mezcla, incluso surround. Todo fue fácil y rápido, ninguna cosa esotérica, pasamos todo a Logic y lo terminamos de la misma forma”.


Bowie es muy puntilloso con el sonido final de sus discos, ¿cómo lo percibiste?

“Obviamente tiene muchos años de hacer discos y conoce muy bien el proceso. Eso ayuda mucho al ingeniero. Le gusta la experimentación, su sentido melódico es impresionante, de todo saca una melodía. Hay bandas a las que les falta eso y hay que ayudarlos, pero con David es fácil armar algo rápido. Antes de la mezcla final, si le falta un verso que no tiene completado, termina ahí mismo la letra; va cantando una melodía sin letra, la concluye, toma el micrófono y la graba”.

Con Gustavo Cerati acabas de trabajar en Fuerza Natural, su segundo trabajo juntos luego de Ahí Vamos, ¿cuál fue tu experiencia?
“La primera vez que colaboramos fue bastante exitosa para él y repetimos para este disco. Ahora trabajamos más desde el principio, yo como coproductor. Lo conocí a través de un amigo en común, Tweety González. Ahora grabamos en su estudio de Buenos Aires (Unísono) y en Looking Glass y Stratosphere Sound de Nueva York. El hecho de que los dos seamos latinos ayuda de alguna forma, así como el idioma, la idiosincrasia y el sentido del humor. Pasamos muchas horas encerrados en una sala y nuestras personalidades se complementan de alguna manera. Gustavo es un tipo que aporta mucho y yo me adapté a eso”.

¿Tienes alguna preferencia en cuanto a equipo?
“Mi única regla absoluta en el estudio es que no hay reglas. Puedo pecar de experimentar demasiado, pero para mí el estudio es una sala de juegos. Uso consolas Neve o API, micrófonos raros, de listón o dinámicos viejos de marcas desconocidas. Me gusta mucho el contraste entre low-fi y hi-fi. Uso muchos pedales de guitarra”.

A la hora de mezclar ¿cuál es tu filosofía?
“Es importante no olvidar que a la primera persona que hay que satisfacer es al artista. Si tengo que sacrificar mis ideas o conceptos es en pro de satisfacerlo. A veces mezclo de una manera que no sería mi primera elección, pero le gusta al artista. Al final es un servicio. Mi filosofía de mezcla es, en todo caso, estar en pro de la magia de la música siempre”.

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